Fragmento del libro “9 de abril de 1958 Huelga General Revolucionaria”.

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Alegría de Pío (Pasajes de la guerra revolucionaria) por Ernesto “Che” Guevara

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images   Ernesto “Che” Guevara

Alegría de Pío es un lugar de la provincia de Oriente, municipio de Niquero, cerca de Cabo Cruz, donde fuimos sorprendidos el día 5 de diciembre de 1956 por las tropas de la dictadura.

Veníamos extenuados después de una caminata no tan larga como penosa. Habíamos desembarcado el 2 de diciembre en el lugar conocido por playa de Las Coloradas, perdiendo casi todo nuestro equipo y caminando durante interminables horas por ciénagas de agua de mar, con botas nuevas; esto había provocado ulceraciones en los pies de casi toda la tropa. Pero no era nuestro único enemigo el calzado o las afecciones fúngicas. Habíamos llegado a Cuba después de siete días de marcha a través del Golfo de México y el Mar Caribe, sin alimentos, con el barco en malas condiciones, casi todo el mundo mareado por falta de costumbre de navegación, después de salir el 25 de noviembre del puerto de Tuxpan, un día de norte, en que la navegación estaba prohibida. Todo esto había dejado sus huellas en la tropa integrada por bisoños que nunca habían entrado en combate.

Ya no quedaba de nuestros equipos de guerra nada más que el fusil, la canana y algunas balas mojadas. Nuestro arsenal médico había desaparecido,  nuestras mochilas se habían quedado en los pantanos, en su gran mayoría. Caminamos de noche, el día anterior, por las guardarrayas de las cañas del Central Niquero, que pertenecía a Julio Lobo en aquella época. Debido a nuestra inexperiencia, saciábamos nuestra hambre y nuestra sed comiendo cañas a la orilla del camino y dejando allí el bagazo; pero además de eso, no necesitaron los guardias el auxilio de pesquisas indirectas, pues nuestro guía, según nos enteramos años después, fue el autor principal de la traición, llevándolos hasta nosotros. Al guía se le había dejado en libertad la noche anterior, cometiendo un error que repetiríamos algunas veces durante la lucha, hasta aprender que los elementos de la población civil cuyos antecedentes se desconocen deben ser vigilados siempre que se esté en zonas de peligro. Nunca debimos permitirle irse a nuestro falso guía.

En la madrugada del día 5, eran pocos los que podían dar un paso más; la gente desmayada, caminaba pequeñas distancias para pedir descansos prolongados. Debido a ello, se ordenó un alto a la orilla de un cañaveral, en un bosquecito ralo, relativamente cercano al monte firme. La mayoría de nosotros durmió aquella mañana.

Señales desacostumbradas empezaron a ocurrir a medio día, cuando los aviones Biber y otros tipos de avionetas del ejército y de particulares empezaron a rondar por las cercanías. Algunos de nuestro grupo, tranquilamente, cortaban cañas mientras pasaban los aviones sin pensar en lo visibles que eran dadas la baja altura y poca velocidad a que volaban los aparatos enemigos. Mi tarea en aquella época, como médico de la tropa, era curar las llagas de los pies heridos. Creo recordar mi última cura en aquel día. Se llamaba aquel compañero Humberto Lamotte y ésa era su última jornada. Está en mi memoria la figura cansada y angustiada llevando en la mano los zapatos que no podía ponerse mientras se dirigía del botiquín de campaña hasta su puesto.

El compañero Montané y yo estábamos recostados contra un tronco, hablando de nuestros respectivos hijos; comíamos la magra ración -medio chorizo y dos galletas- cuando sonó un disparo; una diferencia de segundos solamente y un huracán de balas -o al menos eso pareció a nuestro angustiado espíritu durante aquella prueba de fuego- se cernía sobre el grupo de 82 hombres. Mi fusil no era de los mejores, deliberadamente lo había pedido así porque mis condiciones físicas eran deplorables después de un largo ataque de asma soportado durante toda la travesía marítima y no quería que fuera a perder un arma buena en mis manos. No sé en qué momento ni cómo sucedieron las cosas; los recuerdos ya son borrosos. Me acuerdo que, en medio del tiroteo, Almeida -en ese entonces capitán- vino  a mi lado para preguntar las órdenes que había, pero ya no había nadie allí para darlas. Según me enteré después, Fidel trató en vano de agrupar a la gente en el cañaveral cercano, al  que había que llegar cruzando la guardarraya solamente. La sorpresa había sido demasiado grande, las balas demasiado nutridas. Almeida volvió a hacerse cargo de su grupo, en ese momento un compañero dejó una caja de balas casi a mis pies, se lo indiqué y el hombre me contestó con cara que recuerdo perfectamente, por la angustia que reflejaba, algo así como “no es hora para cajas de balas”, e inmediatamente siguió el camino del cañaveral (después murió asesinado por uno de los esbirros de Batista). Quizás ésa fue la primera vez que tuve planteado prácticamente ante mí el dilema de mi dedicación a la medicina o a mi deber de soldado revolucionario. Tenía delante una mochila llena de medicamentos y una caja de balas, las dos eran mucho peso para transportarlas juntas; tomé la caja de balas, dejando la mochila para cruzar el claro que me separaba de las cañas. Recuerdo perfectamente a Faustino Pérez, de rodillas en la guardarraya, disparando su pistola ametralladora. Cerca de mí un compañero llamado Arbentosa, caminaba hacia el cañaveral. Una ráfaga que no se distinguió de las demás, nos alcanzó a los dos. Sentí un fuerte golpe en el pecho y una herida en el cuello; me di a mi mismo por muerto. Arbentosa, vomitando sangre por la nariz, la boca y la enorme herida de la bala cuarenta y cinco, gritó algo así como “me mataron” y empezó a disparar alocadamente pues no se veía a nadie en aquel momento. Le dije a Faustino, desde el suelo, “me fastidiaron” (pero más fuerte la palabra), Faustino me echó una mirada en medio de su tarea y me dijo que no era nada, pero en sus ojos se leía la condena que significaba mi herida.

Quede tendido; disparé un tiro hacia el monte siguiendo el mismo oscuro impulso del herido. Inmediatamente, me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en que parecía todo perdido. Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte por congelación, en las zonas heladas de Alaska. Es la única imagen que recuerdo. Alguien, de rodillas, gritaba que había que rendirse y se oyó atrás una voz, que después supe pertenecía a Camilo Cienfuegos, gritando: “Aquí no se rinde nadie…” y una palabrota después. Ponce se acercó agitado, con la respiración anhelante, mostrando un balazo que aparentemente le atravesaba el pulmón. Me dijo que estaba herido y le manifesté, con toda indiferencia, que yo también. Siguió Ponce arrastrándose hacia el cañaveral, así como otros compañeros ilesos. Por un momento quedé solo, tendido allí esperando la muerte. AImeida llegó hasta mí y me dio ánimos para seguir; a pesar de los dolores, lo hice y entramos en el cañaveral. Allí vi al gran compañero Raúl Suárez, con su dedo pulgar destrozado por una baja y Faustino Pérez vendándoselo junto a un tronco; después todo se confundía en medio de las avionetas que pasaban bajo, tirando algunos disparos de ametralladora, sembrando más confusión en medio de escenas a veces dantescas y a veces grotescas, como la de un corpulento combatiente que quería esconderse tras de una caña, y otro que pedía silencio en medio de la batahola tremenda de los tiros, sin saberse bien para qué.

Se formó un grupo que dirigía AImeida y en el que estábamos además el hoy comandante Ramiro Valdés, en aquella época teniente, y los compañeros Chao y Benítez; con Almeida a la cabeza, cruzamos la última guardarraya del cañaveral para alcanzar un monte salvador. En ese momento se oían los primeros gritos: “fuego”, en el cañaveral y se  levantaban columnas de humo y fuego; aunque esto no lo puedo asegurar, porque pensaba más en la amargura de la derrota y en la inminencia de mi muerte, que en los acontecimientos de la lucha. Caminamos hasta que la noche nos impidió avanzar y resolvimos dormir todos juntos, amontonados, atacados por los mosquitos, atenazados por la sed y el hambre. Así fue nuestro bautismo de fuego, el día 5 de diciembre de 1956, en las cercanías de Niquero. Así se inició la forja de lo que sería el Ejército Rebelde.

[Verde Olivo, 5 de enero, 1964]

 

 

La Administración Civil del Territorio Libre (ACTL)

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La Administración Civil del Territorio Libre del Primer Frente fue la institución administrativa creada por la Comandancia General del Ejército Rebelde en el I Frente Oriental José Martí ubicado en La Plata, Sierra Maestra, con el objetivo de atender asuntos referentes a los campesinos y controlar las actividades del territorio libre de la Sierra Maestra.
Antecedentes
Después de haberse instalado la Comandancia General en La Plata, esta había desempeñado un papel determinado en toda la organización militar y acciones principales que van a demostrar que ya el ejército rebelde es invencible, se hace necesaria la creación de la administración civil del territorio libre (ACTL) del Primer Frente Oriental “José Martí”.
Objetivos
Esta administración surge producto de la necesidad de atender asuntos campesinos y controlar las actividades ciudadanas del territorio libre, consolidado ya por el Ejército Rebelde, por los éxitos obtenidos durante la guerrilla.
Composición y labor realizada
En las propias laderas de La Plata radicó la ACTL, responsabilizando a Faustino Pérez con la organización general y dirección de la misma. Allí radicó también la auditoria de La Plata, a cargo de Jorge Mendoza, y el departamento de propaganda a cargo de Carlos Franqui. Según se multiplicaron las actividades de la ACTL se fueron ampliando los locales cerca de la casa del Comandante en Jefe.
En un boletín oficial titulado “Mensaje al Hombre de Campo” se dio a conocer la estructura de la ACTL , que era : Responsable General : Dr. Faustino Pérez, Secretario General :René Paz Rivero, Auxiliar de oficina : Héctor Domínguez. Para un mejor funcionamiento y control el territorio se dividió en ocho distritos, en cada uno de ellos se creó una delegación para que cooperara con todas las dependencias de la ACTL en la zona que atendía velando por su desarrollo y buen funcionamiento.
Los distritos y delegaciones se crearon en Cienaguilla, Sevilla Arriba, La plata (sede de la ACTL), Las Peñas, El Guayabo, La Estrella, Las Vegas y Tercer Frente o zona de Almeida y una delegación especial. Se creó un departamento de justicia bajo la dirección del Dr. José Maria, con juzgados y departamento en Sevilla Arriba, San Vicente, Cienaguilla, Las Vegas, La Plata, El Guayabo, La Estrella, Las Peñas, Tercer Frente, Puerca Gorda y Cienaguilla. Existían Cárceles en Puerto Malanga, Los Cocos y San Vicente.
El departamento de Salubridad y Asistencia Social estaba dirigido por el Dr. René Vallejo, en hospitales en Pozo Azul, Las Peñas, La Lata, el hospital Mario Muñoz y en dispensario médico Las Vegas. El Departamento de Asuntos Agrarios y campesinos, estaba a cargo del comandante Cresencio Pérez. Se crearon asociaciones campesinas que atenderían las asociaciones creadas legalmente, las cuales contaban con un comité ejecutivo compuesto por un presidente, un vicepresidente, un secretario, un vicesecretario, un tesorero, y tres vocales.
El departamento de Promoción y Administración de Industrias, dirigido por José Pillón, fomentó industrias como tostadero, descascaradora de café, panadería, fábricas de zapatos, de uniforme, talleres de carpintería, ordeño y matadero.
El departamento de Control de Personal y Suministro, a cargo del ingeniero Jorge Rivas Salcedo, con estaciones de control en Canavocoa y en la Comandancia general, un delegado y un jefe de almacén en La Plata y responsables de la administración y cuidado del ganado en las zonas del territorio.
El departamento de educación, dirigido por dos inspectores escolares se crearon más de una veintena de escuelas, así como la biblioteca “René Ramos Latour”. El departamento de finanzas, cuyo responsable era René Raz y Rivero Aranda.

Fuentes: EcuRed

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descarga.jpg plata 1 IMG_2447.JPG actl descarga.jpg plata 8 Sierra 1 - Copy Sierra 3 20150527_192300  faus 102 464    Fotos actuales de algunas instalaciones de la Comandancia General en La Plata, Sierra Maestra, del Comandante Faustino Pérez en esa etapa de la lucha, y posteriormente, cuando en la década de los años ochenta visitó el lugar acompañado de Pedro Alvarez Tabío, Director de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.

“Solo me queda apuntar, por último, que también en plena ofensiva comenzaron a sentarse las bases del aparato administrativo que, al cabo, a partir del mes de septiembre , quedó constituído en la Comandancia de la Plata con el nombre de Admistración Civil del Territorio Libre (ACTL), al frente de la cual estuvo Faustino Pérez hasta el final de la guerra. Esta administración se dedicó al necesario manejo de la vida económica y social de la montaña rebelde, vasto territorio definitivamente liberado, cuya población carecía casi en lo absoluto de todo, y llegó a estar integrada por ocho departamentos encargados, de asuntos agrarios y campesinos, salubridad y asistencia social, justicia, promoción, industrias, obras públicas, suministros y finanzas. Aspectos relevantes de su labor fueron la asistencia médica, la escolarización, la alfabetización, el desarrollo de infraestructuras para producir alimentos y la creación de no menos de 35 cooperativas campesinas.
Al igual que las instituciones creadas por Raúl en el Segundo Frente, la organización civil desarrollada en la Sierra Maestra en los meses finales de la guerra elevó a un plano superior las relaciones existentes, desde el inicio de la lucha en la montaña, entre el Ejército Rebelde y los campesinos, y constituyó la semilla del nuevo Estado que surgiría tras el triunfo revolucionario, fiel al espíritu democrático y popular de la Revolución.”
Fidel Castro Ruz

Del libro "La victoria estratégica. La contraofensiva estratégica." Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado.

 

Hospital Provincial de Rehabilitación Dr. Faustino Pérez Hernández de Sancti Spíritus

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Fundado en 1992, se encuentra ubicado en una casona-sanatorio a un costado de la carretera de Sancti Spíritus a Za­za del Medio en la cabecera de la provincia espirituana, siendo el único de su tipo fuera de la capital del país, al acoger el Proyecto nacional de neuro-rehabilitación integral a pacientes con esclerosis múltiple, proyecto que desarrolla en estrecha relación con el Centro Inter­nacional de Restauración Neurológica (CIREN), radicado en La Habana.

Un equipo multidisciplinario integrado por es­­pecialistas en medicina física y rehabilitación, psi­cología, neurología, logopedia, fisioterapia, te­­­rapia ocupacional y enfermería, entre otros, conforman el staff que se encarga de evaluar y tra­­tar a los enfermos previamente diagnosticados con esclerosis múltiple, una enfermedad para la que todavía no existe una cura definitiva, pero que según los expertos a cargo del programa sí puede ser aliviada con los tratamientos consensuados.

Cientos de pacientes de todas las provincias del país y el municipio especial Isla de La Ju­ven­tud pueden atestiguar la validez de la experiencia, que desde hace ya tiempo trascendió los límites del centro hospitalario, que tiene como premisa más importante la atención individualizada a cada enfermo.


El Hospital es además, la primera institución cubana donde se utiliza con resultados positivos la equinoterapia para el tratamiento de la esclerosis múltiple en adultos.

Fuente: Periódico Escambray