Carlos Manuel de Céspedes: Símbolo del alma cubana

En la soledad de sus últimos días en San Lorenzo, escribió la larga carta a semejanza de un diario, donde contaba a su amada Ana de Quesada los rigores de su apartado refugio, convencido de que muy poco le hacía falta para vivir al otrora Presidente de la República en Armas.
Su casita de guano, como la describe, estaba cobijada con buenas maderas, y tenía dos cuartos forrados de palma y tabla de cedro donde una hamaca, una mesita escritorio, un banco, las armas y otros utensilios… conformaban el universo al cual se había reducido su grandeza humana. La comida no faltaba, el cariño del vecindario pues “raro es el día que no recibimos visitas” y el baño en el riachuelo cercano a donde vertían las aguas del Contramaestre.
A esas alturas el amor filial lo sostenía ante cualquier desgarradura: “Algún consuelo recibo con ver diariamente vuestros retratos. Los enseño a casi todos los patriotas que se encuentran conmigo. La mayor parte, especialmente las mujeres, me piden que se los enseñe. Hacen mil aspavientos de admiración y les echan un millón de bendiciones, deseando todos que volvamos a reunirnos.” Carlos Manuel de Céspedes sólo rogaba a su Ana, en pago al amor, la abnegación y fidelidad mantenidas en la distancia, unido al estoico cuidado de los gemelos Gloria de los Dolores y Carlos Manuel, que le creyera lo sumamente doloroso que resultaba para él estar separado de ellos.
Algunos grandes hombres de la Historia han enfrentado sus destinos en soledad, envueltos en la marea de la mezquindad humana y las ambiciones de poder. Sin embargo, su esplendor prospera invariablemente tras la muerte y se reproduce en la inspiración creciente que representan para aquellos patriotas por nacer. Céspedes fue uno de ellos.
Contaba con el heroísmo de los cubanos para consumar la independencia y con la virtud de sus coterráneos para consolidar la República, cuando en 1869 fue nombrado Presidente. A sus seguidores, que no eran pocos, les prometía abnegación y con su propia vida dio pruebas del cumplimiento del compromiso adquirido, en el sacrificio y la renuncia al poder y el bienestar material.
Los ideales de los hombres del 68, como se conoce a la generación de criollos que se alzaron en armas contra el dominio español, progresaron en la discreción de la masonería. La Logia Buena Fe, agrupó en territorio manzanillero a los líderes de la Revolución palpitante un 26 de julio de 1868; como si esa fecha estuviera predestinada en la historia de Cuba.
Bajo la dirección de Céspedes, el venerado Maestro de esa logia, se clarificaron las ideas que unieron a los hombres visionarios de la Guerra de los Diez Años. Existía entonces “un catecismo de conocimientos básicos, un sistema pedagógico, filosófico, político, para la educación y la formación del pueblo”. Se afianzaba en el lema “Ciencia y virtud. Ciencia y conciencia”, el pensamiento emancipador del maestro José de la Luz y Caballero. Se convenía en la necesidad de la igualdad social y se designaba a las clases más desposeídas como únicas dadas a convertir al mundo en un pueblo de hermanos.
Y por sobre todas las cosas, se concebía a la patria dentro de la más pura tradición del pensamiento revolucionario cubano iniciado por Félix Varela: “La patria es (…) el núcleo social y cultural de las tradiciones y hábitos del pueblo y, sobre todo, fuente de justicia social y proyección hacia un porvenir común, justo y libre”.
Un cespediano confeso es sin dudas el Historiador de la Ciudad de La Habana, para quien la fascinación por ese prohombre de la independencia nacional se reafirmó cuando tuvo en sus manos, luego de una larga búsqueda, la libreta y el pequeño librito que recoge las incidencias a modo de diario, de la vida de Céspedes desde el 25 de julio de 1873 hasta el día de su muerte el 27 de febrero de 1874. La letra pequeñísima que presumía el ahorro del espacio, exhibía sin embargo, caracteres claros y precisos. El luchador incansable había dedicado sus anotaciones a su amada Anita, a quien privaron del consolador goce de la lectura de aquellas percepciones de su hombre.
Para Eusebio Leal, la grandeza de Céspedes reside en su condición humana. Era irascible y de genio tempestuoso y entre los sacrificios que le impuso la Revolución, el más doloroso – como lo confesó por escrito – fue el de su carácter. Sin embargo, esa naturaleza voluntariosa y enérgica lo llevó también a la osadía de lanzar la clarinada independentista.
Cuando se desbarrancó su cuerpo en la escarpada geografía de San Lorenzo “ (…) muchos lloraron por aquel caballero extraño que compartía por doquier sus escasísimos bienes personales, con la misma serenidad con que una vez, siendo señor de vidas y haciendas, había optado por la vocación infinitamente superior de revolucionario”.
Cada 10 de octubre, con la disciplina y devoción propias de quienes reconocen la trascendencia del legado cespediano, los cubanos de varias generaciones se reúnen al pie de la estatua del Padre de la Patria, en la Plaza de Armas, para luego peregrinar a la Sala de las Banderas del Museo de la Ciudad. El otrora Palacio de los Capitanes Generales – cual símbolo de la irreversibilidad de la independencia nacional – atesora hoy las más importantes insignias mambisas, entre ellas y en un sitial de honor, la que ondeó en el ingenio La Demajagua aquel día de 1868.
La ceremonia durante la cual las notas originales del Himno de Bayamo parecen regresarnos en el tiempo, se ha convertido en una tradición que el Historiador ha sabido instituir, cumpliendo con otro de los legados plenos de simbolismo, de su predecesor Emilio Roig de Leuchsenring.
“El Museo de la Ciudad en su reinauguración, en el año 1968 – cuenta Leal – abrió sus puertas con motivo de la celebración del primer centenario del 10 de Octubre. Fue un acuerdo y una bonita sugerencia de nuestra querida e inolvidable amiga y compañera Celia Sánchez quien había tomado de su padre, el Doctor Manuel Sánchez Silveira, esa vocación profundamente martiana y cespediana.
“Se había creado una comisión Nacional para la celebración del centenario, presidida por el Comandante Faustino Pérez, otra gran personalidad de la historia de la Revolución. Él me brindó todo su apoyo y nosotros trabajamos con mucho ardor para concluir la primera parte del Museo de la Ciudad, que no incluía lo que años más tarde sería la realización principal: la Sala de las Banderas, a donde peregrinamos cada 10 de octubre luego de rendir homenaje a Céspedes al pie de la estatua que se levantó al centro de la Plaza de Armas.”

Noviembre 23, 2011
Por: Magda Resik Aguirre
(Introducción y fragmento de una entrevista a Eusebio Leal)
Tomado de la web: Eusebio Leal Spengler- Historiador de la Ciudad de la Habana
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