Del legado de Chibás*

chivas Eduardo Chibás                                                 clipart-bandera-cubana-8241-png

En justa afirmación histórica, el compañero Fidel Castro proclamó durante la conmemoración del centenario de La Demajagua, que “en Cuba sólo ha habido una Revolución”, la iniciada por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante en la actualidad.

Consecuentes con esa concepción estratégica de nuestras luchas centenarias, el gran movimiento encabezado por Eduardo Chibás, que sensibilizó a la mayoría de los cubanos a combatir contra las inmoralidades y vicios de la politiquería de la seudorrepública, se inscribe con toda justicia en ese único gran proceso de nuestra historia. No debemos olvidar que aquellas masas populares de la ortodoxia chibasista fueron cantera principal para la organización de las nuevas fuerzas revolucionarias llamadas a dar la batalla final bajo la guía de Fidel, por la liberación definitiva de nuestro pueblo.

Este acto a la memoria de Eddy Chibás transcurre en momentos difíciles para la Revolución que ha llevado adelante su ideario cívico de combate. Hoy, a cuarenta años de su muerte, la vida de Chibás continúa siendo fuente de inspiración en la lucha por una patria mejor. Su tenacidad y la fe en el pueblo son dos características de su personalidad que le acompañaron siempre. La circunstancia de su muerte prueba, lo que aquí afirmamos con su llamado del último aldabonazo:

Cubanecesita despertar. […].                                                                                                                Cuba tiene reservado en la historia un grandioso destino […] sólo espera la gestión honrada y capaz de un equipo gobernante que esté a la altura de su misión histórica.

Antes, en vida de Chibás, como ahora con la Revolución en el poder, el principal enemigo del pueblo cubano movía sus poderosos recursos para impedirle salir adelante.

Nuestro país no escapó a la política trazada por Washington para todos aquellas estados o personas que pudieran afectar intereses de los Estados Unidos.

En la Cuba de postguerra, el accionar político de Chibás conducía al enfrentamiento con el imperialismo norteamericano. Combatir la corrupción política y administrativa y pronunciarse por el rescate de nuestra soberanía y de las riquezas del país, concitaba la animosidad de los Estados Unidos.

Tan fortalecido en su dominio político y económico emergieron los Estados Unidos de la Segunda Guerra Mundial que propugnaban la negación de la personalidad nacional de los estados como elemento de reblandecimiento ideológico que les llevaba a afirmar que se vivía “el siglo americano”. Durante esos años, en ese país se inició un proceso de reorganización de las empresas transnacionales, de concentración de capitales que les llevó a priorizar la necesidad de extender las inversiones para dar salida a la acumulación de dineros ociosos atesorados en los bancos estadounidenses. Los grandes monopolios crecían y se reorganizaban, y su voracidad reclamaba mayores tasas de ganancias. Simultáneamente exigían garantías para sus inversiones y creían hallarlas en las fuerzas armadas y en los jefes militares más allegados y sometidos.

Como una mercancía más se exportó a América Latina la política norteamericana de “guerra fría”, que derribó gobiernos e implantó tiranías militares y fortaleció las ya existentes de Anastasio Somoza en Nicaragua, Tiburcio Carías en Honduras, y Rafael Leónidas Trujillo en Santo Domingo. Washington no permitía ni siquiera el surgimiento de gobiernos de corte nacionalista en la América Latina de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Este es el teatro regional donde alcanza su máxima popularidad el quehacer cívico político de Eduardo Chibás. Para algunos era estridente y polémico en demasía, pero la mayoría veía en él al único capaz de convertir en realidad su consigna de “Vergüenza contra dinero” y de usar la escoba “para barrer todos los males del país”.

Para los analistas yanquis, Chibás y su movimiento ortodoxo les resultaban impredecibles y contradictorios. Sin embargo, en Washington intuían que combatir el peculado, la corrupción y a los funcionarios venales en Cuba, era una señal de peligro para sus intereses en la isla.

Rechazar los pactos políticos con quienes tuvieran sus manos manchadas de sangre y dinero mal habido, constituía una seria amenaza al control norteamericano, acostumbrado a utilizar a unos y otros de los políticos cubanos en beneficio de Washington y Wall Street. No gustaba al imperialismo que quien, aunque a veces llegó a discrepar y a polemizar con los comunistas, enarbolara sin embargo parecidas proyecciones o coincidían incluso, en ocasiones, en el apoyo a los mismos candidatos. Le molestaba al imperio las incursiones de Chibás por países de Suramérica como Argentina y Brasil, y su amistad con el legendario comunista Luis Carlos Prestes.

Pero aún tendrían en los Estados Unidos, en su temor a Chibás, mucho de qué hablar cuando en 1950 viajó a Nueva York y en la cuna de Wall Street aseguró durante una conferencia de prensa que si su partido ortodoxo ganaba la presidencia del país, serían nacionalizadas empresas norteamericanas tales como las compañías de teléfonos, electricidad, ferrocarriles y otros servicios públicos.

De esta manera, se ratificaba lo sostenido en el programa del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos) acerca de la necesidad de nacionalizar el transporte y otros servicios a la población en manos extranjeras. La propia tesis elaborada en 1948 por la Juventud Ortodoxa, con la anuencia de Chibás, identificaba a los gobiernos del primer período republicano en Cuba como “cómplices del imperialismo norteamericano”.

El odio imperialista se concitó aún más contra Chibás en la misma medida en que sus campañas de repudio a las empresas extranjeras subían de tono. Durante una encendida polémica contra la filial en Cuba de la Electric Bond and Share, la compañía cubana de Electricidad, Chibás fue condenado a seis meses de cárcel, pero la movilización popular logró casi inmediatamente su excarcelación.

Evidentemente, a Chibás no le asustaba lo que pudieran pensar de él en los Estados Unidos. A los pocos días de fundarse la ortodoxia en un discurso radiado a todo el país por su hora doctrinal, el 18 de julio de 1947, Chibás se refirió a cómo ingresaban a la ortodoxia algunos elementos:      […] estos millonarios del Partido del Pueblo Cubano, grandes terratenientes y abogados de poderosas compañías y trusts, parece que no fueron sinceros al ingresar en la ortodoxia, sino que vinieron a ella en busca de senadurías. Cuando se dieron cuenta de que yo sí soy sincero, de que no soy un demagogo, sino de que pretendo cumplir seriamente las bases programáticas fundamentales que dieron origen al movimiento ortodoxo y llevar adelante, sin contemplaciones con los latifundistas, nuestro programa de reforma agraria en beneficio de los campesinos y acabar de veras con la corrupción administrativa, la bolsa negra, el trust de la carne y los demás monopolios, se han espantado ante la posibilidad de que yo llegara a ser presidente […].

En el temor a Chibás coincidían los imperialistas con los batistianos y los peores elementos del gobierno de Carlos Prío Socarrás. Los capitalistas expresaban su aprehensión haciendo emigrar sus dineros. En 1951 se conoció que “algunos cubanos” están haciendo inversiones en Nueva York y sacando su dinero de Cuba porque “le tienen menos miedo a la bomba atómica que al triunfo de Chibás en 1952”.

Está claro que el análisis de una personalidad no puede hacerse sin tomar en cuenta la posición que asume ante los acontecimientos históricos de la época en que transcurre su incursión política protagónica.

Así, en los años que siguen al fin del conflicto mundial, levanta su voz en apoyo y reclamo de lucha en favor del diferencial azucarero y la cláusula de garantía que tanto disgustó a los Estados Unidos. Y cuando el Tribunal Supremo declaró inconstitucional el Decreto Gubernamental afirmó que en Cuba se produciría “[…] una revolución, pues el pueblo estaba dispuesto a desconocer el fallo para lograr la independencia económica de nuestro país”.

La vida de Chibás transcurrió en ese caminar revolucionario que lo ubicó en todo momento al lado de lo que consideró justo y más progresista. Tenía dieciocho años cuando comenzó sus estudios de Derecho en la Universidad de La Habana en 1926. A poco (1927) integró el primer Directorio Estudiantil contra la Prórroga de Poderes, profundamente permeado de las ideas de Julio Antonio Mella, a quien conoce en el alto centro docente. Detenido en varias oportunidades, fue expulsado de la Universidad y se vio obligado a exiliarse. En Nueva York fundó la Unión Cívica de Exilados Cubanos que editó el periódico Libertad. El 27 de diciembre de 1932 desembarcó por Punta Guano, cerca de Matanzas, con varios compañeros, armas y parque, pero la persecución a la cual fue sometido por Machado lo obligó a exiliarse nuevamente, luego de varias semanas en Cuba. A la caída de la tiranía machadista jugó un papel importante en la designación de varios funcionarios del gobierno que sucedió a Carlos M. de Céspedes Quesada, y que tuvo a Antonio Guiteras como su máximo exponente revolucionario. El asesinato del estudiante Mario Cadenas lo distanció de Ramón Grau San Martín, a quien conminó a que renunciara a la presidencia desde una emisora, dando inicio así a la comunicación radial con eficacia demoledora, cuando aún este medio masivo daba sus primeros pasos en Cuba.

Durante los once años que median entre 1934 y 1944 no descansó en su lucha contra la bota militar batistiana, los personajes de la vieja política y la embajada de los Estados Unidos. De nuevo es condenado a seis meses de prisión. Aceptó la sanción del Tribunal de Urgencia declarando que luchaba “[…] por expulsar del poder a los que nuevamente implantaban los métodos machistas”.

Fundó Izquierda Revolucionaria para enfrentar a Batista luego del asesinato de Guiteras. En 1937 se integró al partido auténtico. Es de los pocos que avizoró la demagogia del Plan Trienal de Batista cuando muchos lo aplaudieron, y razonó que si el Diario de la Marina apoyaba dicho plan, este era contrario a las conveniencias del pueblo, porque el periódico representaba los peores y más retardatarios intereses del país. En 1939 fue electo delegado a la Asamblea Constituyente.

Entre 1940 y 1944 combatió a Batista, ahora trocado en presidente civil, porque sabía que la mentalidad militarista batistiana no podía abandonar sus viejos moldes fascistoides y de entrega y sumisión total a los Estados Unidos.

Al ocupar Grau la presidencia en 1944 volvió por sus fueros de independencia de criterios y le apoyó. Fue su máximo vocero en defensa de todas las medidas que tendieran al rescate de nuestra soberanía, de sus riquezas y en pro de las reivindicaciones sociales que con tanta urgencia reclamaba Cuba. Además se manifestó por la política de trueques comerciales que eliminó al intermediario yanqui; estuvo por la devolución de las bases militares que usaron los Estados Unidos en territorio cubano durante la Segunda Guerra Mundial; apoyó la cláusula de garantías y el diferencial azucarero. Asimismo, incitó a Grau a la destitución de los militares que permanecían en el Ejército que había dejado Batista; aplaudió los resultados de la Conferencia de la Organización Internacional de Comercio efectuada en La Habana entre noviembre de 1947 y abril de 1948 por su marcado acento tercermundista que condujo a que los Estados Unidos jamás firmaran su acta final, con lo cual sus acuerdos beneficiosos para los países pobres nunca pudieron hacerse efectivos.

Ya antes, como miembro de la delegación de Cuba a la Conferencia de Chapultepec, entre febrero y marzo de 1945, la revista norteamericana Newsweek calificó al grupo de cubanos como “un racimo de hombres salvajes”, precisamente donde la actividad patriótica, independiente, de Chibás se había hecho sentir para impedir que Cuba fuera a la zaga de la política exterior norteamericana.

Cuando Grau San Martín tuerce su camino envanecido por el triunfo electoral de 1946 que le dio amplia mayoría en el Congreso y por las presiones yanquis de “la guerra fría”, fundó en 1947 el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos) para “[…] rescatar el programa y la doctrina de la Revolución Cubana: nacionalismo, socialismo y antimperialismo”.

La nueva organización política “[…] capitaliza enseguida una gran parte del descontento nacional y arrastra considerables masas de jóvenes y sectores del pueblo”. En una entrevista a Blas Roca, en mayo de 1948, el líder comunista cubano dijo que la popularidad de Chibás tenía su base en dos razones fundamentales muy sentidas del pueblo: “[…] su ataque invariable contra la inmoralidad administrativa y su repulsa no menos constante del crimen político”. Y además expresa: “Chibás es, en definitiva, el heredero de la mística que el pueblo forjó en torno a Grau y seguirá creciendo políticamente”.

El regreso de Batista desde su cómodo turismo en los Estados Unidos en noviembre de 1948, lo puso en guardia. Creyó que sólo respondía a conciliábulos con el presidente y que el retorno del ex general a Cuba no sería “oposicionismo”, sino “cooperativismo”.

Chibás no pudo descifrar a tiempo la terrible conspiración que se urdía entre los sectores oligárquicos del país, el imperialismo yanqui y las ambiciones personales batistianas.

En 1950 resultó electo senador mediante una impresionante votación popular y poco más de un año después, conturbado, creyó hallar en la muerte la mejor forma de llevar a su pueblo al combate definitivo por su liberación. Así protagonizó lo que él mismo denominó como su último aldabonazo, produciendo con su dramática determinación una conmoción nacional sin precedentes.

Del legado de Chibás expresó Fidel en 1959:      La Historia de la Revolución, la historia del 26 de Julio, está íntimamente ligada a la historia de esta tumba. Porque debo decir que sin la prédica de Eduardo Chibás, sin lo que hizo Eduardo Chibás, sin el civismo y la rebeldía que despertó en la juventud cubana el 26 de julio no hubiera sido posible.                                El 26 de julio fue, pues, la continuación de la de obra de Chibás, el cultivo de la semilla que él sembró en nuestro pueblo. Eduardo Chibás no nos había abandonado, Eduardo Chibás estaba con el pueblo. Su obra estaba latente en el corazón del pueblo y sobre esta base se edificó la revolución triunfante.

Hoy, cuando su reclamo de libertad política, independencia económica y justicia social han sido ampliamente cumplimentados por la Revolución, podemos reafirmar ante su tumba nuestra consigna de combate y victoria: “¡Socialismo o Muerte, Patria o Muerte, Venceremos!”.

* Palabras pronunciadas por Faustino Pérez en el 40º aniversario de la muerte de Eduardo Chibás, el 16 de agosto de 1991. Publicado en laRevista de la Biblioteca Nacional José Martí.

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