La reunión del Alto de Mompié. Aproximaciones

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28961_dae4248d09545a4  La huelga del 9 de abril de 1958 constituyó el más costoso revés a escala nacional de las fuerzas revolucionarias durante el proceso insurreccional contra la segunda dictadura batistiana. Noventa y un combatientes perdieron la vida, centenares fueron apresados, otros tantos debieron pasar por completo a la clandestinidad, incorporarse al Ejército Rebelde, o buscar asilo en las embajadas y partir hacia el exilio.
La estructura funcional del Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR-26-7) se desarticuló en todo el país, especialmente en La Habana, y sus actividades, incluidas Propaganda y Finanzas, decayeron ostensiblemente. Acción y sabotaje y el Frente Obrero, requerirían varios meses para recuperar la intensidad y la eficiencia adecuadas a las necesidades del momento.
A pesar de los años transcurridos, en torno a la Huelga del 9 de abril de 1958 todavía queda alguna que otra incógnita, y han perdurado determinados criterios especulativos carentes de sustentación. A cada uno de ellos, desde luego, solo podría referirme en una obra de mayor extensión.
Más allá de la buena fe, de las constantes muestras de coraje, de la disposición para luchar a cualquier precio y del heroísmo de dirigentes y combatientes, un análisis a fondo de lo ocurrido con relación a este frustrado proyecto también pone al descubierto la confluencia de una serie de errores subjetivos que condujeron a su fracaso.
El enorme salto cuantitativo y cualitativo logrado en cuanto a organización (integración del Movimiento de Resistencia Cívica, del Frente Obrero Nacional y del Frente Estudiantil Nacional, inicio del proceso de transformación de los grupos de acción y las brigadas juveniles en milicias) y el inusitado incremento de las actividades clandestinas en la propaganda, las finanzas y los espectaculares golpes propinados en La Habana por comandos de acción y sabotaje en el segundo semestre de 1957 y primer trimestre de 1958 (La Noche de las Cien Bombas, el incendio de los depósitos de la refinería Belot de la Esso Standard Oil Company, el asalto al Clearing House o el secuestro del campeón mundial de automovilismo Fórmula Uno Juan Manuel Fangio) conformaron el espejismo de la segura posibilidad de un fulminante triunfo insurreccional en el ámbito urbano.
A fortalecer esa imagen habían cooperado adicionalmente acontecimientos de masas como la espontánea huelga política que se desencadenó tras el asesinato de Frank País en Santiago de Cuba el 30 de julio de 1957, el alzamiento civil y militar del 5 de septiembre de ese año en Cienfuegos, y el paro nacional estudiantil en respuesta al asesinato, el 6 de febrero de 1958, del jefe de las Brigadas Juveniles en la capital, Gerardo Abreu Fontán, y de dos estudiantes de secundaria en Santiago de Cuba el 3 de marzo.
A ello contribuyó un suceso en el ámbito internacional al comienzo de enero: el derrocamiento del tirano Marcos Pérez Jiménez después de varios años de lucha del pueblo venezolano, que desembocaron en una insurrección popular-militar culminada en huelga general.
Todo esto de conjunto llevó a sobredimensionar la capacidad movilizativa del MR-26-7 y el potencial efectivo de su aparato militar clandestino, al tiempo que no se tomaba en consideración la limitada fuerza real que entonces tenía el Ejército Rebelde del 26 de Julio en la Sierra Maestra. De la misma manera, pero en proporción exactamente inversa, se minusvaloró la capacidad operacional del aparato militar-policíaco­-represivo de la dictadura, todavía intacto en aquel momento.
Las principales razones que se adujeron como causales del fracaso de la huelga fueron numerosas. Entre ellas, cuatro días después, el 13 de abril, Faustino Pérez Hernández, Jefe del 26 de Julio en La Habana y firmante con Fidel Castro del Manifiesto de convocatoria a la huelga, definiría las siguientes: 1) Falta de clima previo producido por una serie de hechos violentos que hicieran que el paro no fuera más que la culminación lógica del mismo. 2) Método inadecuado para la convocatoria. Por querer mantener en secreto la fecha, para evitar que la dictadura tomara medidas específicas, no pusimos nuestros cuadros a funcionar en todos los sectores. 3) Escasa intensidad que presentó el sabotaje eléctrico y de las plantas de radio, cuando se esperaba la supresión total de ambos servicios. 4) La actitud un poco cerrada que se mantuvo frente a la posibilidad de coordinación o colaboración por parte de otros factores.
A esos cuatro factores, Marcelo Fernández Font, Coordinador Nacional del MR-26-7, agregaría el 20 de abril: 1) Falta de organización interior de los cuadros del movimiento, especialmente obreros, acción y resistencia. 2) Existencia de una mentalidad errónea en el sentido de que el papel de los obreros se circunscribía a recogerse en sus casas, sin participar activamente en el movimiento de huelga. 3) Dificultad en la comunicación radial que suponíamos mantuviera en contacto a las provincias con el comité nacional de huelga.
Varias de las razones que entonces se enumeraron, como la falta de comunicación del comité nacional de huelga con las provincias, y hasta la no concertación previa de la unidad de las fuerzas revolucionarias en el sector obrero, carecen en realidad de peso determinante.
Sin embargo, llama la atención que otras consideraciones lógicas no se hayan hecho figurar en aquel momento, ni con posterioridad, entre los factores expuestos como causantes del fracaso. Por ejemplo, en lo estratégico, las dos posiciones que existían respecto a la concepción del escenario (urbano y rural) de la lucha y, en consecuencia, al método para llevar cada una de ellas adelante. Igualmente, y de cierta manera vinculado a esta cuestión, los problemas que se suscitaban entre representantes de ambas concepciones, que ya se identificaban como “el llano” y “la Sierra”.
Sería únicamente Ernesto Che Guevara quien se referiría retrospectivamente —en el año 1962— a esas dos cuestiones. Pero en el primer caso, absolutizó incorrectamente el carácter solo urbanístico de la concepción de lucha existente en el llano; y, en el segundo, no reconoció la carga de subjetividad llevó —también a él— a cometer errores de apreciación y a mantener una posición hostil respecto a la dirección del Movimiento 26 de Julio en el llano.
Tampoco aparecen reflejadas en el análisis de las causas que pudieron haber influido en ese fracaso, las diferencias de criterios que se manifestaron entre relevantes dirigentes del Movimiento respecto a importantes aspectos de la huelga.
Sin embargo, un punto cardinal no debería ser omitido en todo análisis riguroso: cuando se determinó convocar la huelga se consideró que esta sería suficiente para provocar la caída de Batista. Mas, no parece que hayan sido estudiadas en ese instante situaciones como la cantidad de días de huelga necesarios para quebrar al régimen; cómo hubieran accedido al poder las fuerzas revolucionarias con el aparato militar-policíaco de la tiranía aún intacto; y si solo con la huelga el Ejército se hubiera rendido y entregado sus armas y medios de guerra. Estas consideraciones omisas llevan a inducir que a la huelga general se le asignó un desmesurado carácter protagónico activo que no podía tener en aquel momento, como no lo había tenido antes, ni lo tendría después incluso en situaciones contextuales mucho más propicias.
De la misma manera se consideró que la huelga tendría éxito nacional, únicamente, si triunfaba en La Habana. Pero lo cierto es que sería en La Habana donde mayor cúmulo de dificultades confluyó, y a pesar de esto se siguió adelante en su ejecución.
Además, otros factores atentaban seriamente contra la victoria, sin que el orden expuesto determine su importancia:
—En general, se asignó equívocamente un extraordinario peso a factores políticos no tan influyentes como la posición que asumirían algunos actores sociales (instituciones cívicas, religiosas y profesionales) frente al régimen.
—A pesar de que difícilmente era concebible que una huelga general pudiese tener éxito sin que se paralizaran el servicio eléctrico, el transporte y las comunicaciones, no se elaboraron planes concretos para la supresión completa de esos servicios, y si alguno se elaboró no se implementaron las medidas para su puesta en práctica.
—En realidad, se pensó en una paralización general de las actividades laborales en todo el país provocada por acciones de guerra que forzaran ese paro, no en una huelga general. Por tanto, se desactivaron los métodos propios de las huelgas obreras y políticas.
—Sin embargo, no se contó con los recursos materiales para desarrollar en magnitud e intensidad las acciones armadas suficientes para derrotar militarmente al enemigo, ni en La Habana ni en ningún otro lugar del país.
—Algunas cuestiones a las que no se les ha dado suficiente atención apuntan en dirección a la falta de uniformidad de criterios de la dirigencia del movimiento, entre otros asuntos:
a. El desconocimiento del criterio de Faustino acerca de la fecha para el inicio de la huelga, en la reunión que parte de la Dirección Nacional efectuó en Santiago de Cuba.
b. La inclusión de un párrafo a la convocatoria de la huelga que se imprimió en La Habana, en el que se aclaraba lo relacionado con la propuesta de candidato a la Presidencia de la República, que no figuraba en el llamado original firmado en la Sierra por Fidel y Faustino, versión esta última que fue la que circuló en Santiago de Cuba y el resto del país.
c. Si el Comité Nacional para la huelga tenía que radicar en La Habana, a fin de dirigir desde aquí las acciones de todo el país, por qué el Jefe Nacional de Acción (o Comandante en Jefe de las Milicias del 26 de Julio), René Ramos Latour Daniel, permaneció en Santiago de Cuba para encargarse solo de lo relacionado con la provincia de Oriente.
d. Si la huelga tenía como escenario las zonas urbanas, y su éxito se hacía depender de las acciones armadas —especialmente en La Habana—, ¿qué explica que Daniel se quedara en Santiago, y saliera de allí antes del 9 de abril hacia las montañas con casi medio centenar de hombres y las mejores armas con que el MR-26-7 contaba en todo el país? Atacó Daniel el cuartel de Boniato y se internó en territorio del Segundo Frente Oriental “Frank País”, lo que redujo a nada la posibilidad de éxito de la huelga en la segunda ciudad de la nación.
e. La estructura de acción y capacidad operativa del movimiento en la capital se había deteriorado inusitadamente con la caída de algunos de sus más importantes y aglutinadores jefes y el encarcelamiento de otros muchos, a lo que se sumaba la problemática reestructuración de los grupos de acción en milicias que se estaba efectuando, alguna desafortunada designación de una jefatura sustitutiva emergente, la exclusión de algunos efectivos al momento de planificar las acciones, y la falta de prestigio a la que se sumaron fallas de capacidad ejecutiva a nivel intermedio a última hora.
f. Estos problemas materiales y humanos, que impedirían ejecutar las imprescindibles acciones militares revolucionarias en la capital, eran conocidos perfectamente en las semanas y días previos a la huelga. Y, aún así, ni se modificó la táctica en el sentido de dar paso a los métodos obreros de organización de las huelgas, ni se dio contraorden a la convocatoria. O sea, sobre la base de un ilimitado optimismo —aunque insustentable sobre bases sólidas— se hizo depender del factor suerte el resultado de tan trascendental acontecimiento.
Aunque no hay constancia de que algunas de estas apreciaciones hayan sido tratadas los días 3 y 4 de mayo de 1958 en el Alto de Mompié, Sierra Maestra, las decisiones adoptadas en esta reunión de la Dirección Nacional del MR-26-7 presidida por Fidel, a la que Faustino pidió que se invitara al Che, dieron paso a una nueva realidad que, al tiempo que liquidaba la relativa autonomía del Movimiento en el llano, repercutiría favorablemente en el decurso insurreccional global durante los siguientes meses.
En la figura de Fidel quedaban unificadas la dirección suprema del Movimiento 26 de Julio, como Secretario General y como jefe de los dos aparatos militares de la organización veintiseísta revolucionaria; retuvo el grado de Comandante en Jefe del Ejército Rebelde y asumió el de Comandante en Jefe de las Milicias de Acción del 26 de Julio en el llano.
En cuanto al Movimiento 26 de Julio, en particular, se instituían dos niveles organizacionales y funcionales para su Dirección Nacional: el Ejecutivo de la Dirección Nacional y los Delegados de la Dirección Nacional.
El Ejecutivo de la Dirección Nacional estaría integrado por Fidel —que lo dirigía—, y Faustino Pérez, René Ramos Latour, David Salvador y Carlos Franqui, estos dos últimos ex dirigentes nacionales del Frente Obrero y de Propaganda, respectivamente. Este Ejecutivo radicaría en la Comandancia de la Columna Nº 1. En concreto, a este Ejecutivo no se le asignó después función dirigente alguna ni se le convocó para conocer y decidir ningún asunto. Quedó reducido a un simple ente inoperante. Fidel personalmente decidía lo que debía hacerse dentro del país y en el extranjero, Frente Externo. En la práctica esto significó que los delegados del Ejecutivo de la Dirección Nacional recibieran directamente orientaciones de Fidel.
La Delegación Nacional, cada miembro con carácter de Delegado del Ejecutivo Nacional para el trabajo fuera del territorio de operaciones del Ejército Rebelde, estaría integrado por Marcelo Fernández, como Delegado de Organización; el comandante Delio Gómez Ochoa, como Delegado de Acción; Antonio Ñico Torres Chedebau, Delegado para el Frente Obrero; Arnol Rodríguez Camps, Delegado para la Propaganda; y Manuel Suzarte Paz, Delegado para las Finanzas.
Aunque se determinó que los delegados radicarían en Santiago de Cuba, allá solo permaneció Marcelo Fernández. Ñico Torres fue para el Segundo Frente Oriental “Frank País”, lo que implica que se desentendió de la dirección del trabajo obrero en el resto del país. Arnol Rodríguez y Manolo Suzarte funcionaron en La Habana; al igual que Delio Gómez Ochoa, quien alternó su responsabilidad como Delegado Nacional de Fidel para las Milicias de Acción con la de Responsable de Acción de las provincias occidentales (Matanzas, La Habana y Pinar del Río), tarea a la que prestó su atención completa, hasta su designación como Jefe del Cuarto Frente Oriental “Simón Bolívar”; en consecuencia, Fidel asumió directamente las relaciones con los dirigentes provinciales de Acción de Las Villas, Camagüey y Oriente.
Las direcciones provinciales conservaban su misma estructura: un Coordinador, un Responsable de Acción, un Responsable Obrero, un Responsable de Propaganda y un Responsable de Finanzas. Sin embargo, en la medida que en sus territorios se asentaban columnas y formaban frentes guerrilleros, los comandantes de esas fuerzas ejercerían una mayor autoridad y un rango determinativo superior al de los coordinadores y restantes dirigentes provinciales del Movimiento 26 de Julio.
En el Alto de Mompié se acordó que el Secretario General Nacional del Movimiento de Resistencia Cívica estaría en estrecho contacto con el Delegado Nacional de Organización, e igualmente cada Secretario General del MRC en provincias con el Coordinador provincial del 26 de Julio. Sin embargo, a Mompié no se citó al Secretario General de la Resistencia, el maestro santiaguero José Antonio Aguilera Maceira, y después el Comandante en Jefe nunca estableció contacto con los que ocuparon esa responsabilidad, aunque sí lo hizo con el Secretario General de La Habana, ingeniero Manuel Ray Rivero, quien incluso llegó a tener acceso a la Sierra Maestra.
También se determinó allí la reestructuración del Frente Externo. Se designó a Haydée Santamaría Cuadrado Delegada del Comandante en Jefe para el Comité del Exilio, con radicación en los Estados Unidos. Todo lo relacionado con las finanzas en el extranjero, la adquisición de armamento y organización de su envío a Cuba quedaba ahora bajo la dirección única y el control directo del Comandante en Jefe.
Igualmente en Mompié se establecieron claramente las pautas para el fortalecimiento del trabajo con los obreros, que debía tener un amplio carácter unitario de todas las fuerzas. Se fortalecía la base para el desarrollo práctico del Frente Obrero Nacional Unido (FONU). A escala más ampliada, se definió una tesis para la unión de todas las fuerzas oposicionistas, grupos y sectores que combatían al régimen, sin que esto significara la constitución de un organismo único y formal, de mecánica representación igualitaria, que reduciría al Movimiento Revolucionario 26 de Julio y su Ejército Rebelde al mismo nivel decisorio de otras organizaciones, algunas prácticamente inexistentes.
Los resultados específicos que —parcial o integralmente pudieron haber tenido los acuerdos del Alto de Mompié para el futuro inmediato del Movimiento 26 de Julio— y el curso de la guerra en general, en conjunción con la debacle militar de las Fuerzas Armadas de la tiranía que habría de iniciarse poco después con la aplastante derrota de sus principales tropas operacionales, pertenecen a la siguiente fase de la historia insurreccional.
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Por Mario Mencía Cobas
Fuente CUBARTE 20.11.2015
 Periodista, ensayista, historiador. Nace en Cienfuegos en 1931. Desde 1981 es investigador y asesor de Historia del Consejo de Estado en las oficinas del Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba. Candidato a Doctor en Ciencias Históricas y Profesor Titular Adjunto de la Universidad de La Habana. Durante la Guerra de Liberación Nacional, perteneció al M-26-7, al Movimiento de Resistencia Cívica e inició su actividad literaria en publicaciones clandestinas.
 La inclinación por la literatura de corte histórico comienza cuando estaba estudiando Ciencias Políticas en la década de 1960, a partir de este momento comenzó a escribir trabajos de historia en la Revista Universidad de La Habana y en el periódico Juventud Rebelde, y antes de terminar la carrera, se interesó por los movimientos guerrilleros de liberación, que bajo el influjo de la Revolución Cubana, se desarrollaban en América Latina.
 Como escritor comenzó formalmente en 1972 las investigaciones de la segunda dictadura de Batista y de ahí pasó al asalto al Moncada, que volcó en artículos publicados periódicamente. Recopiló una gran cantidad de documentos históricos y realizó numerosas entrevistas que le permitieron acometer, en catorce años, una primera versión de ese trascendental suceso.
 Este ensayista ha dedicado su tiempo a sacar a la luz la verdad sobre la revolución cubana, mediante sus artículos periodísticos, históricos y políticos.
 A lo largo de su vida ha desarrollado una labor de investigación minuciosa en la cual sobresalen numerosos títulos publicados, entre los que se destacan La prisión fecunda, El grito del Moncada, Tiempos precursores y El Moncada, la respuesta necesaria.
 Ha obtenido relevantes resultados en las investigaciones históricas, y sobre todo, acerca de los principales acontecimientos que condujeron al triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959.
 Entre sus distinciones aparecen: Por la Cultura Nacional, Raúl Gómez García, orden José Martí.
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