Carta póstuma a mi hermano Carlos

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Agosto de 1991

Hermano!:

El dolor es tan grande y tan honda la pena, que la palabra se me hace casi imposible y me parece superflua, torpe e insuficiente para expresar lo que siente el alma lacerada. Pero es necesario que tu vida se diga y se muestre tu ejemplo, para que prevalezcan en nuestro recuerdo sobre las desgarraduras y los traumas que ha dejado en nuestro espíritu, este tú último año tan aciago y cruel y tan inmerecido.

Fuiste para mí el más cercano y entrañable compañero de toda la vida. Nos separaban apenas dos años del momento que vinimos a este mundo y fuimos los mayores de 10 hermanos.  Así crecimos juntos hasta la juventud. Después ya no importaba que estuviéramos en lugares distantes o que transcurrieran silencios prolongados entre nosotros, siempre nos sabíamos compartiendo en lo esencial los mismos criterios, los mismos sentimientos y luchando por la misma causa.

Ahora quiero recordarte desde que aún muy niños realizábamos juntos aquellas labores mas sencillas del trabajo en el campo, que se fueron haciendo mas complejas y duras al paso del tiempo, siempre bajo la rigurosa y eficaz tutela de nuestro querido papá.

Recuerdo cuando comenzamos a asistir a la primera escuelita rural y privada del viejo Don Jaime en Cruz de Neiva cuya distancia de la casa cubríamos montados ambos en el  noble caballo rosillo y cuando años después ya mudados para CaPiña y mas crecidos pasamos a la escuela pública con la maestra Celestina, donde los dos llegamos a alcanzar el sexto grado. Ello demuestra que nuestro entrañable viejo, junto a su severidad y exigencia respecto al trabajo, también se preocupaba porque fuéramos a la escuela y alcanzáramos al menos la enseñanza primaria, cosa difícil en aquellos tiempos y circunstancias.

En verdad fue dura y estrecha nuestra niñez y juventud, prácticamente sin ocasión para el descanso y mucho menos para el disfrute de juegos o distracciones propias a la edad. Sin duda fueron quedando huellas y traumas en nuestros espíritus que gravitaron negativamente en nuestro desarrollo y posibilidades futuras. Al mismo tiempo también es verdad que aquellas pruebas, aquellos hábitos de trabajo y disciplina, aquel espíritu de sacrificio que se nos inculcó, forjó nuestra voluntad y nos preparó para afrontar después muchas circunstancias difíciles de nuestras vidas.

Conocimos de forma directa los secretos de la tierra y la regamos con nuestro sudor. Pudimos ver los beneficios y los frutos del trabajo y creo, que esa fué la lección más valiosa y efectiva para nuestra formación.

Simultáneamente fuimos percibiendo las grandes diferencias en la forma de vivir de unos con relación a otros, se nos hicieron evidentes la opulencia y la miseria y llegamos a saber que existían los ricos y los pobres.

Así, sin ningún conocimiento de causa, sin conciencia clara aún de los motivos, empezamos a compartir las primeras rebeldías, seguramente alimentadas por el contacto con trabajadores que visitaban temporalmente la zona en busca de trabajo, como Jesús Menéndez y sus hermanos, coincidentemente con el impacto de la Guerra Civil Española y de los aires demagógicos y engañosos de la propaganda Grausista. No fue ajeno a esa sensibilización política nuestro fraterno tío Juaniquí, quien ahora a los 85 años visita por primera vez a su pequeño terruño Canario y que aún no sabe que al regreso ya no te verá.

Fue en lucha con un sentimiento de creciente desesperanza y frustación, que en mí comenzó a tomar fuerza la idea de salir de aquel medio y de aquella situación sin perspectivas de superación. Fue así que comencé a asistir a una escuela nocturna propiedad del Sr. Misas en Cabaiguan, donde un poco al azar hice la preparatoria que me condujo al bachillerato en Sancti Spiritus y luego a la Universidad de la Habana.

Este proceso largo y difícil encierra para mí un gran ejemplo de comprensión y generosidad por parte de la familia, cosa de la cual poco he hablado con anterioridad. Por una parte el viejo, que en su aparente rechazo y desconfianza ante aquella aventura creciente del hijo mayor, acababa siempre accediendo y ayudando y muy especialmente tú, que con los mismos derechos y posibilidades que yo, diste por supuesto que los dos no podíamos separarnos de la ayuda y compañía directa a la familia y te quedaste  allí, junto a los viejos y los demás hermanos menores, sin el más mínimo reproche y sí con la más generosa comprensión y apoyo. De esto, que quizás nunca te confesé directamente me he sentido siempre allá en lo íntimo con un sentimiento de eterna gratitud y orgullo.

Yo sé que tú percibías que mis afanes no obedecían a una actitud de egoísmo personal, sino al anhelo de poder servir mejor a los míos, a los pobres de nuestra familia y de nuestro pueblo. Por ello ya resultó tan natural y fácil nuestra plena identificación política en los nuevos horizontes que se fueron abriendo en el país, primero a través de la Ortodoxia Chivasista y después frente al Golpe Castrense de Batista. Por ello estuviste entre los primeros en abrazar la lucha revolucionaria  en Cabaiguan y fuiste fundador del M.N.R. y después del Movimiento 26 de Julio. Por  ello, caíste en manos de los esbirros batistianos en ocasión del desembarco del Granma y por ello ejercías la jefatura del Movimiento cuando la Columna Invasora Ciro Redondo irrumpió en la zona y te convertiste en un factor de apoyo importante reconocido y respetado por el Ché.

Guardo en lo más profundo de mi recuerdo aquel encuentro nuestro en Santa Clara cuando después del alzamiento de Santiago y del desembarco del Granma pasamos Frank y yo y tuvimos ocasión de abrazarte y ratificarte la decisión de Fidel y de todos nosotros de continuar la lucha hasta la Victoria pese a todos los reveses y dificultades. Nos separamos con la convicción de que tú serías cabalmente consecuente con aquellos objetivos.

Después del triunfo proyectaste todos tus esfuerzos fundamentales hacia el sector azucarero, primero en el pequeño central San Pablo de Zulueta, pronto racionalizado y después en el Abel Santamaría de Encrucijada. Allí se te vió desplegar tus energías e iniciativas junto a Joaquina la mamá de los Santamaría, donde además de atender las tareas del central y velar por su creciente eficiencia, estimulaste el surgimiento de obras de beneficio social y embellecimiento del batey, produciendo en breve tiempo cambios significativos en la fisonomía del entorno.

Pero fue seguramente en el Remberto Abad Alemán, de  Guayos, donde dejaste la huella más profunda y creadora de tú trabajo. Fue allí donde lograste conjugar los beneficios de tú experiencia práctica con los conocimientos técnico-teóricos alcanzados en numerosos cursos y seminarios del MINAZ, cuyos resultados se reflejaron en la creciente eficiencia lograda por esa pequeña-gran industria. !Con cuanto orgullo y gratitud te oí hablar en muchas ocasiones incluso al final de tus días, de ese colectivo de trabajadores y de la confianza en que los cuadros allí formados junto a ti eran capaces de seguir mejorando y perfeccionando el trabajo !. Cuando ya jubilado y minado por la enfermedad constatabas la buena marcha del Central se te iluminaba el rostro de alegría al ver cumplidas tus esperanzas.

Por eso no me resultó extraño aunque sí emocionante cuando en la noche del 13 de agosto, allí en la Casa de los Combatientes que tanto amaste y que presidiste hasta el final, cubierto tú cuerpo inerte por la bandera de la Patria, rodeado de tus seres queridos y de una gran representación de tú pueblo y a tus pies las condecoraciones y medallas numerosas; se me acercó un trabajador y me dijo conmovido:¨Ud. ve todas esas medallas y condecoraciones, pues yo le digo que ahí faltan la más grandes, las que les otorgamos con el corazón los obreros del central Remberto Abad Alemán¨.

Podrían recogerse muchos testimonios sobre tú dedicación y amor al trabajo, sobre tú entrega a la Patria  y a la Revolución,  tú devoción hacia Fidel y el Ché y un cariño muy especial hacia  Abel y Haydé de lo cual dan fé los nombres de tus dos hijos menores.

Pasaste por el trabajo , la lucha y la vida con bravura, pero con modestia.  Tú valentía fue serena y esencial, no hubo en ti ni aspavientos ni espectacularidades.

El culto a la amistad y a la familia fue otra de tus hermosas cualidades. Uno de tus gestos de los últimos años revela tú grandeza. Nuestro jovial y querido hermano Dago era obrero destacado del Central dirigido por ti y el 15 de febrero de 1986 su noble corazón dejó de latir. Vivía angustiado en una casa de condiciones precarias y su anhelo mayor era poder ofrecer a su familia una vivienda decorosa. Tú que ocupabas una casa del Central estabas construyendo una con esfuerzo propio durante varios años para cuando te jubilaras, pero al morir Dago paralizaste la tuya y volcaste todos tus esfuerzos y posibilidades extras a resolver aquel sueño del hermano ausente dando el más bello ejemplo de solidaridad familiar y humana. Fue entonces que continuaste trabajando en tú vivienda hasta terminarla al cabo de años, cuando ya terminó también tú vida de forma tan dolorosa e injusta.

Ya van siendo demasiados los golpes recibidos por nuestro dolorido y sensible corazón. Sin contar la enorme legión de hermanos caídos en la lucha revolucionaria que constituyen otro tipo de dolor, son numerosos los seres más íntimos y cercanos desaparecidos sin razón de longevidad. Ninguno fue tan triste y lacerante como el caso de nuestra hermana Elita, aquel ser dulce y generoso con quien me siento en deuda permanente por no haber sabido orientar y ayudar adecuadamente a sus hijos tan necesitados.

!Que admirable ejemplo el de esa viejita nuestra que con sus 93 años afronta con toda entereza  las más tremendas pruebas. !Que corazón y que carácter tan noble y fuerte a la vez el de esa madre que ha vivido siempre para los demás!. En medio de su inmenso dolor, ella sigue siendo ejemplo e inspiración para vivir.

Muchas veces hasta los éxitos y las cosas hermosas y los motivos de alegría duelen, y es cuando sentimos que nos faltan muchos que debieran disfrutarlos. Ahora te me sumas tú en lugar preminente, a esa lista infinita de los que nos dejan el vacío físico pero que nos lo llenan con el aliento y el recuerdo de su vida y de su ejemplo.

Es entonces que nos sentimos consolados y fortalecidos para seguir la lucha por la causa de su pueblo, de su patria, de su Revolución.

!Gracias hermano y hasta siempre!

 

 

 

 

 

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