De la huelga de abril a la reunión de el Alto de Mompié

 Entrevista a Luis Buch Rodríguez (*) realizada por el Historiador Reinaldo Suárez

 Suárez: ¿Qué participación tiene usted en la huelga de abril de 1958? ¿Por qué la huelga en abril?

Buch : La situación revolucionaria en el país había ido madurando, así que la idea de convocar y realizar una huelga general que acabara con la dictadura, como ya había ocurrido en agosto de 1933, se fue abriendo paso. Desde que se dio a la publicidad el Manifiesto firmado por Fidel Castro y Faustino Pérez, el 12 de marzo de 1957, en el que se hacía un pronunciamiento sobre una huelga general, en la población había un profundo sentimiento de apoyo a la huelga.

Así que en el Movimiento 26 de Julio había el convencimiento de que no sólo la huelga era posible, sino de que podía terminar con la dictadura. Había el clímax y las condiciones políticas, organizativas y, en menor cuantía, militares, para desencadenar una huelga general y triunfar, y a la preparación de la huelga general nos dedicamos durante los primeros meses de 1958. Fue así como se creó un Comité Ejecutivo para la huelga general integrado por Marcelo Fernández Font (Zoilo), en su condición de coordinador nacional del Movimiento 26 de Julio; Faustino Pérez Hernández (Ariel), como coordinador del Movimiento 26 de Julio en La Habana; René Ramos Latour (Daniel), en su condición de jefe nacional de Acción y Sabotaje; Octavio Louit (Cabrera), en representación o como delegado de David Salvador, quien era entonces el jefe de la Sección Obrera del Movimiento 26 de Julio y quien se encontraba en Oriente; Arnol Rodríguez Camps (Fernando), jefe de Propaganda; Manuel Ray Rivero, (Pedro), responsable de Resistencia Cívica en La Habana, y Luis Buch Rodríguez (Roque), en calidad de responsable de Relaciones Públicas. Ese era el ejecutivo para desencadenar la huelga general de abril.

Te digo Huelga de Abril porque fue finalmente la fecha en que se llevó a cabo. Pero en realidad, cuando se firma el Manifiesto llamando a la huelga general como estrategia para golpear decisivamente a la dictadura, secundada por la acción armada, el Comité Ejecutivo encargado de organizarla propuso la fecha del 30 de marzo, porque estaban dadas las condiciones objetivas para desatarla con éxito, ya que sería Semana Santa. La jerarquía católica había instituido la Semana Santa para conmemorar la crucifixión de Jesucristo y, aunque el pueblo cubano no era un pueblo de mucha fe religiosa, la Semana Santa era socialmente observada. La enseñanza oficial y la privada en todos los niveles, incluyendo las universidades, suspendían las clases. Sólo funcionaban los servicios públicos indispensables. El país, normalmente, veía reducidas sus actividades. Así que debía ser una buena fecha para el inicio de la huelga general.

Cuando se propuso la fecha de inicio de la huelga, ya que se consideraba que era el momento adecuado, que el engranaje estaba lo suficientemente listo, la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio que radicaba en Santiago de Cuba, los compañeros de Oriente, pidieron hablar con Faustino Pérez para discutir el asunto. Faustino consideraba que él no podía moverse de la capital, dadas las responsabilidades que tenía, ya que era el punto sobre el cual convergían todos los demás compañeros y frentes, y que si él faltaba se corría el riesgo de que estos quedaran desarticulados. En definitiva, se acordó que, dadas las facilidades de movilidad que yo aún tenía, fuera en lugar de Faustino.

Partí en avión. En Santiago de Cuba me reúno días antes del 30 de marzo, no recuerdo la fecha, en una casa colonial de la calle Santa Lucía, esquina a Lacret, casi frente a la iglesia de Santa Lucía, con Vilma Espín, René Ramos Latour, David Salvador y Marcelo Fernández. No recuerdo si había otros compañeros. Se analizó un informe sobre la situación en La Habana. René y Marcelo informaron acerca de la situación en las provincias, David Salvador lo hizo sobre el movimiento obrero, y Vilma en relación con Santiago de Cuba. La reunión duró como cuatro horas. Se propuso cambiar la fecha, por distintas razones. Marcelo hizo hincapié en la importancia de recibir antes de la huelga un cargamento de armas que se esperaba en los próximos días, las cuales eran indispensables para armar a nuestros combatientes en La Habana. Debían llegar en la expedición de El Corojo, desde México, capitaneada por Pancho González. Me opuse a la propuesta de posposición de la fecha, basándome en la situación que prevalecía en La Habana. Hubo un debate intenso y profundo sobre el asunto. Marcelo Fernández planteó entonces de que no podíamos lanzarnos a la huelga general sin que antes Fidel conociera la fecha y la aprobara, y le preguntó a Vilma si había medios para comunicarle la fecha y tener una respuesta a tiempo. Vilma le contestó que no era posible, pues aunque en ese momento saliera rumbo a la Sierra Maestra un emisario para comunicárselo, ya no daría tiempo para que regresara. Por lo tanto, se decidió aplazar la fecha de inicio para el 9 de abril.

La reunión terminó casi a las diez de la noche, hora en que el toque de queda comenzaba en Santiago de Cuba. Cada uno salió velozmente para el escondite que tenía indicado. Al día siguiente, regresé por avión a La Habana. Llevaba la fecha del 9 de abril como la del inicio de la huelga general.

En una casa de la calle 11, frente al edificio López Serrano, en El Vedado, me reuní con Faustino, Arnol y Octavio Louit y les informé sobre lo tratado en Santiago de Cuba y la situación creada. Finalmente, se aceptó la fecha del 9 de abril, y se acordó mantener esta en secreto. Se perfiló los planes de acción que, básicamente, consistían en que Arnol se encargara de pasar un disco con la voz de Wilfredo Rodríguez por las estaciones de radio, a las once de la mañana, que era una hora que coincidía con el término de la jornada laboral de la mañana en varios sectores obreros, especialmente en los muelles. Por su parte Acción y Sabotaje se encargaría de bloquear, de cerrar todas las entradas a La Habana Vieja, asaltaría la armería de la calle Mercaderes y también las estaciones de la Policía Nacional, especialmente la Radiomotorizada. El propósito era que miles de personas quedaran bloqueadas en aquella parte de La Habana, lo que serviría como vehículo de promoción de la huelga, de involucramiento en ella de miles de personas y sus familiares, con todo lo que en términos de afectación al transporte y de desestabilización de la vida urbana aquello implicaría. Debía cerrarse el puente que posibilitaba las comunicaciones con Guanabacoa, acción que quedó confiada a René de los Santos, que era el jefe de Acción y Sabotaje en Guanabacoa. De igual manera Sangenís, quien era combatiente de la guerra civil española y resultó ser un mierdero, debía cerrar o bloquear los túneles de acceso a Marianao y las calles que daban acceso a La Habana Vieja. Al final de la jornada, sólo René de los Santos y un comando de Acción y Sabotaje que asaltó la armería de la calle Mercaderes cumplieron sus misiones.

Se esperaba la llegada de algún armamento proveniente del extranjero, lo que posibilitaría ejecutar acciones de apoyo armado. Pero estas armas llegaban poco a poco, a cuentagotas, muy pocas en realidad. Las trajeron diversas compañeras debajo de sus sayas, desde Miami. También fueron transportadas algunas armas dentro de los tanques de gasolina de los autos que eran traídos en el vapor Florida, que hacía viajes Miami-La Habana. Se abría los tanques y se dejaba un espacio pequeño para la gasolina, y el resto se rellenaba con armas y municiones.

Al final, el anunciado cargamento de armas en la expedición de El Corojo procedente de México, llegó el mismo día de la huelga y las posibilidades de apoyarla militarmente se redujeron considerablemente.

Puede asegurarse que en La Habana, al estallar la huelga, por cada arma de que disponía el Movimiento 26 de Julio, había diez combatientes dispuestos a empuñarla.

Suárez : Me decía usted que su responsabilidad en la huelga eran las Relaciones Públicas. Esto, ¿qué significa?

Buch : En mi calidad de responsable de Relaciones Públicas, me correspondió mantener contacto con Monseñor Luigi Centoz, decano del Cuerpo Diplomático, Nuncio Papal y Embajador de la Santa Sede, y con los embajadores de México y Colombia, y también con el Presidente de las llamadas clases económicas, el banquero Julián de Zulueta, o sea, con los grandes intereses económicos que peligraban con aquella situación revolucionaria (banca, comercio, industrias, hacendados, colonos). ¿Qué se quería?:  que una vez que comenzara la huelga general y esta tomara fuerza, estas personas fueran a entrevistarse con el dictador Batista, a fin de pedirle que renunciara en evitación de un mayor derramamiento de sangre en tan connotada fecha de recogimiento; que intercedieran ante Batista para que, en reconocimiento y respeto al Señor en tan sagrados días, cesara la lucha fratricida, recabando de él, como católico, que superara tal situación, lo que sólo sería posible con su renuncia como Presidente; actitud que sería bendecida por Dios y que serviría para traer la paz y el sosiego a la familia cubana. Un discurso así de parecido. Por todo ello es que se había escogido la fecha 30 del marzo, inicio de la Semana Santa.

Yo me entrevisté con Monseñor Luigi Centoz en los bancos de la iglesia de El Cano, con la colaboración del párroco, el padre Rosas, y como contábamos con aquella intervención del Nuncio Papal y de los otros diplomáticos, fue por eso que trabajábamos con que la convocatoria tuviera relación con la Semana Santa, pero sabiendo que el éxito revolucionario de la huelga no dependería de aquellas gestiones, sino de la fuerza que tomara el movimiento huelguístico entre el pueblo, de la participación y firmeza del movimiento obrero cubano. Esta acción mediadora sólo tendría posibilidades de éxito cuando la huelga fuera un hecho y su intensidad hiciera tambalear a la tiranía, no antes.

Suárez : ¿Y por qué se suponía que las clases económicas iban a apoyarlos en la petición de renuncia de Batista?

Buch : Porque para esa fecha, salvo los empresarios comprometidos y vinculados directamente con el régimen, que se nutrían de los contrabandos o del no pago de los derechos fiscales, los capitalistas no hacía negocios en Cuba, porque había mucha inseguridad. Nadie, virtualmente, se atrevía a realizar inversiones en la economía, en la industria y en los negocios, por el agitado clima político que vivía el país y que afectaba directamente a los empresarios cubanos. Había mucha inseguridad para el capital: sabotajes a la zafra azucarera, a la caña de azúcar, a los centrales, a los almacenes, al tendido eléctrico, al transporte; y toda esta situación hacía que los comerciantes se limitaran a sus negocios, tendiendo más a que estos sobrevivieran que a desarrollarlos. Preferían las pequeñas cosas, las pequeñas inversiones, no correr riesgos. Había un clamor entre las clases económicas para que toda aquella situación terminara, y era extendido el criterio de que el obstáculo era Batista, con lo cual, si este renunciaba, se avanzaba en el camino de una solución, y eso hacía que las clases económicas estuvieran interesadas en que se produjera la renuncia del Presidente.

Suárez : ¿Qué hizo el día de la huelga?

Buch : El 9 de abril nosotros teníamos cuatro centros operativos de mando, conectados entre sí por un sistema de radio, de walkie-talkie.

El Comando Central funcionaba en la casa de un matrimonio, ancianos ellos, que había en la calle 14 entre 11 y Línea, y en el edificio Chibás, en 25 y G, funcionaba Acción y Sabotaje, que era el sitio donde estaba ubicado Marcelo Salado. En 27 y E, en la casa del doctor Arazoza, funcionaba el Frente Obrero Nacional Unido (FONU), y Arnol Rodríguez se estableció en casa de Pilar Ferrer, hija de un afamado oftalmólogo, en Línea y L. Todos estos puntos estaban en El Vedado, interconectados por radio, lo que se hizo tomando una banda especial, pero ocurrió de que salió por la misma frecuencia del audio del Canal 2 de la televisión, y, en consecuencia, las conversaciones salían por ese otro canal. En resumidas cuentas, sólo llegó a utilizarse para informar sobre la muerte de Marcelo Salado.

Ese 9 de abril, yo estaba en la casa de la calle 14 entre 11 y Línea, con Marcelo Fernández y Manuel Ray. A las nueve de la mañana de ese día, a Ray y a mí nos correspondió entrevistarnos en el edificio del Colegio de Ingenieros, situado en 17 y O, con Jules Dubois, quien era corresponsal del diario The Chicago Tribune, un periodista muy conocido, del que se sabe ahora con toda seguridad que era oficial del FBI, y que aquel día pudo llegar hasta donde estábamos nosotros saliendo por la parte posterior del Hotel Nacional, donde se hospedaba, pues lo tenían vigilado. Los cuerpos de seguridad de Batista sospechaban o sabían que él estaba teniendo contactos con los revolucionarios y lo tenían chequeado. A Dubois le informamos la hora y la forma en que se iba a producir el llamamiento a la huelga. Luego de que nos entrevistamos con él, cuando íbamos de regreso para 14 y 11, a la altura de la calle 19, entre 18 y 20, mientras Ray bajó del auto para entrevistarse con las hermanas Giralt, fue por la radio del auto que escuché el llamado a la huelga. Yo debía estar en 14 y 11, manteniendo el contacto con el Nuncio Papal, con la intención de que apenas la situación se hiciera explosiva y la huelga se hubiera extendido, llevara a los embajadores de México, Colombia y otros países, y a Julián de Zulueta a entrevistarse con Batista para pedirle que renunciara.

Pero la huelga fracasó. El comando que tenía que asaltar la armería falló en la acción, perdiendo la vida cuatro valiosos compañeros; Sangenís no cerró los túneles de acceso a Marianao; el cierre de La Habana Vieja no se produjo y el transporte público, aunque disminuyó, siguió funcionando. No se logró incorporar a la huelga a grandes centros de trabajo o de servicios. El asalto a la radio represiva que radicaba en la calle Sarabia, detrás del Stadium, quedó frustado al tener el comando dirigido por Rolando Navarro y Tony Llibre un encuentro con un auto patrullero y autos del SIM. En Ayestarán y 20 de Mayo, cayeron cuatro compañeros. Incluso, el proyecto que Sergio González, El Curita, había elaborado para sabotear el tronco principal de la salida de la electricidad de la ciudad, dejándola totalmente sin luz, no llegó a ejecutarse por su caída en combate unas semanas antes, lo que hizo que se perdiera los contactos. Esta hubiera sido una acción decisiva para el éxito de la huelga.

Como a las tres de la tarde de ese día, 9 de abril, asesinaron a Marcelo Salado en 25 y G. Ya a esa hora teníamos la convicción de que la huelga había fracasado. Tengo que decirte que el único que no creía en el fracaso, a esa hora, era Faustino Pérez. Él creía que era posible aún desarrollar la huelga. Estaba ansioso, entraba y salía de la casa de 14 y 11, una y otra vez, se movía de un lugar a otro, daba órdenes, pedía información. Hacia lo humano y lo divino. Ray y yo salimos a dar un recorrido por la ciudad para conocer el nivel de acatamiento a la huelga, y la visión que obtuvimos fue desalentadora. Era evidente el fracaso. Como a las nueve de la noche llegó Faustino, quien no se daba por vencido; él creía que era posible una reacción que acabara con aquella quietud, pero cuando comprendió que la huelga había fracasado del todo, se desesperó; salió de la casa en un automóvil conducido por Lilliam Mesa, y disparó sobre un ómnibus del servicio urbano que estaba saliendo de su paradero en El Vedado, y más adelante entabló un duelo a tiros con la Policía. Pero bueno, se salvó. No lo mataron, ni lo pudieron detener.

Vista aquella situación de fracaso, con Ray, a avanzadas horas de la noche, abandoné la casa, donde se quedó Marcelo Fernández, quien se negó a salir pues debería quedar un responsable para atender los asuntos que pudieran presentarse. Nos escondimos en la consulta que el doctor Francisco Rodríguez Montoya tenía anexa a su casa, en la calle H entre 21 y 23, en El Vedado. Al día siguiente, temprano en la mañana, nos reunimos todos en la casa de 14 y 11, donde hicimos un análisis de lo que había ocurrido y nos informamos del acatamiento de la huelga en Sagua la Grande y en otros lugares, gracias a los partes recibidos por Marcelo Fernández.

Suárez : ¿Qué nivel de acciones hubo ese 9 de abril en el resto del país?

Buch : En realidad hubo accionar en todo el país, pero fue modesto.

No logró imponerse a las fuerzas y a la represión de la dictadura. En Sagua la Grande se libró la mayor lucha. La ciudad estuvo en manos de los revolucionarios por más de veinticuatro horas. Se logró paralizar los comercios y las industrias. Hubo sabotajes a la fundición y a la estación ferroviaria. Destruyeron la planta eléctrica. Volcaron locomotoras e incendiaron talleres. Tomaron y usaron la emisora local. Los centrales azucareros quedaron paralizados; pero Sagua la Grande, te repito, fue el caso de mayor accionar, la excepción.

En Matanzas, asaltaron la emisora, en acción comandada por Enrique Hart Dávalos. Descarrilaron el tren en Jovellanos. Atacaron los cuarteles de Quemados de Güines y Manacas e interrumpieron la Carretera Central. Las acciones en Santa Clara fueron débiles. En Ciego de Ávila sabotearon la planta eléctrica. En Camagüey pararon el ferrocarril. En Oriente hubo también acciones diversas. René Ramos Latour atacó el cuartel de Boniato y Camilo Cienfuegos bajó a los llanos del Cauto. La provincia quedó virtualmente paralizada por la combinación de acciones o presiones guerrilleras y clandestinas. Pero la huelga no prosperó, fue un fracaso. La represión de la dictadura pudo más que el accionar revolucioanario. La huelga dejó un saldo de más de cien combatientes caídos.

Suárez : ¿Cuándo es que se produce la entrevista de Faustino Pérez con Jules Dubois?

Buch : Al día siguiente, 10 de abril. Jules Dubois hizo contacto con Manuel Ray y conmigo. Quería entrevistar a Faustino sobre las causas del fracaso y la posición futura del Movimiento 26 de Julio. Lo consultamos con Faustino y estuvo de acuerdo en entrevistarse con el norteamericano. De inmediato, nos dimos a la tarea de preparar las condiciones para la entrevista, en el mayor sigilo, con las mayores precauciones. Imagínate que era al día siguiente de la huelga, cuando la dictadura estaba eufórica por el fracaso nuestro, por los golpes que nos había propinado. Era una situación realmente de máximo peligro, en la que la represión era enorme, extendida, fiera, feroz de verdad. Nos lo jugábamos todo.

El encuentro se produjo en la casa del banquero Ignacio Mendoza, en avenida Primera No. 1006, esquina a calle 10, en Miramar, a un costado del teatro Blanquita, hoy Carlos Marx , al que entonces nosotros identificábamos en clave como El Club.

Para la casa cargamos todo lo necesario. Se llevó los equipos de filmación, que entonces eran sumamente voluminosos, lo que dificultaba notablemente su enmascaramiento. Una de las paredes de la sala fue cubierta con una sábana blanca. Delante se colocó dos sillas cubiertas con un lienzo blanco para que no pudieran ser identificadas.

En ellas se sentaron de espaldas a la cámara Faustino Pérez y Manuel Ray, quienes fueron presentados como responsables del Movimiento 26 de Julio y de la Resistencia Cívica, respectivamente. La conferencia de prensa, con todos los ribetes de clandestinidad que te puedas imaginar, fue grabada para la National Broadcasting Company (NBC) de Nueva York.

Faustino analizó las causas del revés, el dolor que sentíamos por las irreparables pérdidas de compañeros en aquella jornada; ratificó la confianza en la victoria, la fidelidad absoluta a la Revolución; la disposición de continuar la lucha hasta alcanzar la victoria, derrocando la tiranía, y también, la disposición de todos los combatientes revolucionarios de morir si era preciso en el propósito de hacer triunfar la Revolución. La intervención de Faustino fue un verdadero canto de optimismo en medio de las más amargas horas que nos tocó vivir en la lucha contra Batista.

Al día siguiente, la NBC dio el “palo periodístico”. En un programa de costa a costa, con tremenda teleaudicencia, la NBC divulgó aquella entrevista realizada en La Habana a escasas horas del fracaso de la huelga general. Era una victoria que nos anotábamos a centímetros de la mayor de nuestras derrotas. Una vez más, tras un fracaso de envergadura, la Revolución ripostaba enviando por medio de la prensa norteamericana un mensaje de esperanza; a Batista le tocó hacer el ridículo de que en sus propias narices, en medio de su euforia, la prensa internacional divulgara los hechos y los pronunciamientos de la Revolución, sin que sus cuerpos de seguridad lograran evitarlo.

Suárez : Ustedes convocan a la huelga general y esta fracasa, y de ese fracaso se ha especulado mucho en cuanto a las razones, a las responsabilidades. ¿Qué pasó en realidad?

Buch : Mira, la opinión que te voy a dar es el resultado de una reflexión muy profunda de este asunto, de la experiencia que tengo, pues yo intervine, a lo largo de mi vida, en dos intentos de acabar con una dictadura mediante una huelga general. Yo participé en dos ocasiones en el grupo encargado de organizar y desarrollar huelgas generales.

Primero, en el Comité de la huelga general de marzo, en 1935, contra Batista, y ahora en la huelga de abril, en 1958, también contra Batista.

Tú me preguntas por las razones. Pese a que había las condiciones políticas y de todo tipo para que la huelga fuera exitosa, no supimos aprovechar las condiciones y las fuerzas de que se disponía. Creo que el amplio apoyo que desde meses antes se observaba en la población condujo a un exceso de confianza; se hipertrofió este elemento subjetivo y la huelga no fue organizada adecuadamente, se descuidó los preparativos en las bases obreras. Creo que hubo un exceso de confianza en la espontaneidad de las masas obreras.

Por otra parte hubo mucho sectarismo. David Salvador, responsable obrero del Movimiento 26 de Julio, quien era una persona clave en la organización y coordinación de la huelga con la clase obrera y otras organizaciones revolucionarias, se comportó de forma sectaria. Él había sido miembro del Partido Comunista (Partido Socialista Popular, PSP), y había derivado a posiciones raigalmente anticomunistas, así que evitó la coordinación de acciones con el sector obrero controlado por el Partido. De igual manera, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo fue separado de la organización y preparación de la huelga. El criterio que siguió en esto era que tanto el Directorio Revolucionario 13 de Marzo como el Partido Socialista Popular, una vez desencadenada la huelga general, no tendrían más opción que sumarse a esta y aceptar el hecho consumado. Fue sectario, pese a las advertencias de Fidel. Con independencia de la actitud sectaria de David Salvador, Faustino Pérez, coordinador del Movimiento 26 de Julio en La Habana, sostuvo una entrevista con Joaquín Ordoqui, uno de los más altos dirigentes del Partido Socialista Popular. La entrevista se efectuó en el apartamento de un diplomático cubano, Roberto Mendoza, en avenida Primera No. 1002, en Miramar, justo cerca de la casa que allí tenía su hermano, el banquero Ignacio Mendoza. Faustino les planteó a los comunistas que se integraran a la huelga y Ordoqui alegó que no era el momento oportuno para que esta fuera desencadenada. En esencia, esto es lo que determina que el PSP quede marginado de la huelga general de abril.

Recuerdo que pocos días después, se recibió instrucciones de Fidel en el sentido de que la unidad para la huelga debía ser amplia. Este escrito de Fidel nosotros lo conocimos en la perfumería Saigón, situada en 17 y Línea, en El Vedado, lugar donde trabajaba Arnol Rodríguez. La comunicación era antisectaria. Venía firmada por Fidel, pero no era su letra, venía con la de Celia Sánchez, y estaba escrita en un recetario del doctor Manuel Piti Fajardo. Pero cuando llega esta comunicación ya era tarde, aunque se sacó copias y se distribuyeron.

Suárez : ¿Usted era anticomunista en ese momento?

Buch : Yo no era marxista-leninista. Yo no pertenecía al Partido Comunista ni pretendía serlo. Tampoco era opuesto a la doctrina marxista-leninista. Mi planteamiento político era el de adecentar el país, como primer paso para acometer una política de transformaciones socioeconómicas que establecieran un régimen de justicia e igualdad social, socialista. Yo creía que el momento político de Cuba era revolucionario, que la lucha contra Batista podía conducir a tomar el poder y aplicar un programa parecido al que aplicó y quería Guiteras, que era un programa socialista, como él mismo lo definió.

Yo había salido decepcionado de la experiencia de los años treinta, pero no derrotado. Para mí resultó profundamente frustrante el que no se hubiese continuado el camino que pudo y debió conducirnos entonces a una verdadera independencia nacional, sin sujeción al imperialismo norteamericano, a una administración honesta de los asuntos públicos y a una sociedad más justa y equilibrada socioeconómicamente. Sólo unos pocos habíamos quedado fieles a ese ideario. Había sido bochornoso el comportamiento de la mayoría de mis compañeros de lucha de los años treinta, plegándose a las prácticas politiqueras, a los vicios políticos, mientras que unos pocos rechazábamos las actas de senadores y representantes, de alcaldes y funcionarios públicos que nos ofrecía Grau San Martín. Aquello había sido el fin de la gloriosa Joven Cuba y, para mí, el fin de la Revolución del Treinta.

Los comunistas habían luchado en los años treinta, pero se habían equivocado de táctica, habían cometido errores serios. Eso los hacia vulnerables políticamente, y mucha gente de izquierda, que bien pudo militar en sus filas, tomó distancia de ellos, no los reconocía como la fuerza capaz de hacer la revolución en Cuba. Ellos sufrían, para 1958, las consecuencias propias de un desgaste político, no propiamente ideológico, aunque la reacción había logrado extender en la sociedad cubana una perjudicial cultura anticomunista. Los comunistas mantenía una actitud de rechazo a la estrategia de lucha armada que desarrollaba el Movimiento 26 de Julio, y en esa posición se mantuvieron firmes casi hasta el final de la guerra. Su táctica política no era correcta. Eso explica mucho que la organización que arrastra al pueblo a la lucha y que lleva el peso de la lucha y que es determinante en la victoria sea el Movimiento 26 de Julio y no el Partido Socialista Popular. Lamentablemente, cuando se desencadena la lucha contra Batista, los comunistas están aislados y los prejuicios anticomunistas, por una parte, están muy extendidos, y por otra parte, la capacidad de convocatoria de los comunistas entre la izquierda es muy reducida, limitada.

Ahora, de lo que no cabe la menor duda es de que en el Movimiento 26 de Julio había compañeros con prejuicios anticomunistas, pero no era un sector dirigente, propiamente. Podían ser elementos aislados: David Salvador o Carlos Franqui, por ejemplo. Ellos habían sido militantes del Partido, y al romper con este se convirtieron en sus enemigos. Hicieron daño. La inmensa mayoría, la inmensísima mayoría dlos dirigentes revolucionarios de la Sierra Maestra, en primer orden, del llano, cuando se produjo la proclamación del carácter socialista de la Revolución, no titubeó, y está con la Revolución; casi el ciento por ciento de los núcleos dirigentes iniciales.

Yo no era anticomunista, si es lo que quieres saber. No podía ser anticomunista, porque yo creía en el socialismo y los comunistas luchaban, con mucha abnegación, y habían dado mártires a la causa del socialismo. Lo que yo no era miembro del Partido, ni aspiraba a serlo, ni estaba de acuerdo con su táctica política. Ahora, todos los socialistas, todos los comunistas no militaban en el Partido, ni tenían por qué militar en el Partido. En los días de la huelga general, muchos dirigentes y militantes del Movimiento 26 de Julio estaban en proceso de formación ideológica hacia posiciones marxistas.

Suárez : ¿Qué otras causas encuentra usted para explicar el fracaso de la huelga de abril?

Buch : Por otra parte, se perdió la mejor oportunidad. El momento de desencadenamiento se dilató demasiado y comenzó a expresarse cierto desaliento en las masas de trabajadores y el pueblo en general. No se aprovechó, obviamente, los momentos de mayor combatividad de las masas. Se dejó pasar la Semana Santa, y al tratar de hacer la huelga a continuación, con el efecto emotivo y pacificador que esos días tenían, nos encontramos con el hecho cierto de que el clima de fervor favorable a la huelga estaba en descenso en el momento en que esta se convocó.

De igual manera, la táctica utilizada para comunicar la fecha de inicio de la huelga fue equivocada, por sorpresiva. Se mantuvo en un impresionante secreto el momento en que la huelga iba a comenzar, con lo cual en los centros de trabajo no se conocía ni siquiera la fecha aproximada de iniciar el movimiento huelguístico. El inicio de la huelga, supuestamente, se haría depender de la ejecución de varias grandes acciones armadas del Movimiento 26 de Julio en La Habana y de un llamamiento por la radio, lo que requería hacerse en forma sorpresiva.

El llamamiento fue sorpresivo, a una hora pésima, en la que la gente estaba trabajando, terminando las labores del medio día y no sintonizando las radios. Luego, las comunicaciones mismas fueron deficientes, dejando a la dirección del Movimiento 26 de Julio bastante aislada. Cuando se estaba organizando la huelga, recuerdo que hubo varios criterios acerca de sí debía convocarse con cuarenta y ocho horas de antelación o con aviso sorpresivo por la radio, con la ejecución simultánea de diversas acciones armadas o violentas. Finalmente, lo que se acordó fue de que el llamamiento fuera sorpresivo, a las once de la mañana, por la radio, y eso fue un error. Pudiera haber influido en esa determinación el éxito de la huelga del 23 de enero de 1958 en Venezuela, la que surgió de modo espontáneo. De todos modos, muchas gentes se sumaron a la huelga, porque estaban comprometidas con el Movimiento 26 de Julio o porque simpatizaban con la Revolución.

Por otra parte, las acciones en La Habana no tuvieron lugar, algunas, y otras fracasaron, como la de La Habana Vieja, en donde se hizo al revés: por la escasez de armamento, en lugar de cerrar los accesos y después atacar la

armería, se atacó a esta antes de cerrar los accesos, con lo que las fuerzas represivas entraron y batieron a nuestros compañeros. Al fallar estas acciones y no haber un sistema de comunicación generalizada con los centros de trabajo, la población quedó marginada de integrarse completamente a la huelga o secundarla.

La concepción misma de la huelga entrañaba un importante accionar de las milicias urbanas del Movimiento 26 de Julio, acciones importantes que neutralizaran o distrajeran a las fuerzas represivas. Pero para eso hacía falta armas. Nosotros teníamos suficientes combatientes, pero no las armas.

Suárez : Con el fracaso de la huelga de abril, ¿fracasa la concepción de que la dictadura debía caer por la fuerza de las masas, por el golpe estratégico decisivo que es la huelga general?

Buch : Realmente, nosotros éramos conscientes de que con una huelga general se podría derrocar a la dictadura. Eso no era descabellado, ni tiene porqué ser equivocado. La concepción de la huelga general para terminar con regímenes de fuerza, con dictaduras, no era un asunto privativo del Movimiento 26 de Julio. La experiencia histórica era abundante, en el mundo, en Latinoamérica y en Cuba. Ese mismo año, meses antes, las masas venezolanas habían terminado con la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. En agosto de 1933 ya eso había acontecido en Cuba, cuando una huelga general, con cierta presión militar, condujo a la caída de la dictadura de Machado. Incluso, te digo más, durante la dictadura de Batista hubo movimientos huelguísticos, que si bien no comprometieron el poder del régimen, demostraron la fuerza y las posibilidades del accionar de las masas y lograron la paralización parcial del país. Ese es el caso de la huelga azucarera de 1955 y la que se originó de forma espontánea tras el asesinato de Frank País, en 1957. ¿Qué hubiese pasado en enero de 1958 si Armando Hart llega a ser asesinado? No lo sé. Armando no era Frank, pero era una gente muy conocida, de prestigio, y las condiciones en enero de 1958 eran más favorables a una huelga que en agosto de 1957. Nadie sabe lo que hubiese ocurrido.

De verdad, yo creo que era posible comprometer el poder de Batista con la huelga de abril. Era posible derrocar a la tiranía. Ahora, el fracaso de la huelga general condujo a un replanteamiento estratégico. El centro de gravedad de la Revolución pasó a la lucha guerrillera, y la lucha clandestina en las ciudades, que tan decisiva había sido para el sostenimiento y desarrollo de la guerrilla, pasaba a complementarla.

Pero esto no significaba una renuncia a utilizar la huelga general como instrumento para derrocar a la dictadura y lograr y consolidar el triunfo de la Revolución. En modo alguno. La historia prueba de que cuando Batista huye, Fidel convoca y se desarrolla en el país una huelga general, que consolida el triunfo militar y político que obtiene el Ejército Rebelde. El fracaso de la huelga de abril, en fin, a lo que lleva es al replanteamiento de la relación y jerarquía estratégica que tiene el movimiento guerrillero en relación con el movimiento clandestino, y la función que desempeña la huelga general en la lucha revolucionaria.

Los dirigentes del Movimiento 26 de Julio en el llano éramos los que más habíamos creído en la posibilidad de derrocar a la dictadura de Batista mediante una huelga general, apoyada por la insurrección armada, y la vida demostró que la fórmula de echar a Batista y alcanzar la victoria era a la inversa: la insurrección armada, más la huelga general para consolidar la victoria.

Pero lo realmente importante es que de aquel fracaso nació la victoria, y sobre todo, la manera de conducir y ejecutar la estrategia de la victoria. ¡Cuando se cumplió el primer aniversario del fracaso de la huelga de abril, la Revolución llevaba más de tres meses en el poder!

Suárez : ¿Qué pasó en los días inmediatos posteriores a la huelga?

Buch : Los días posteriores al fracaso fueron tétricos. La persecución se incrementó y fue eficiente. Después del fracaso de la huelga se creó una situación extremadamente grave para el Movimiento 26 de Julio y en especial para la lucha clandestina. En La Habana, la organización fue golpeada fuertemente, murieron varios combatientes, y casi fue desarticulada. Muchos compañeros estaban dispuestos a realizar acciones casi suicidas para vengar a los caídos, a los torturados, a los asesinados, por lo que tuvimos que llamar a la disciplina a varios de ellos. Los dirigentes de la huelga tuvimos que visitar, casi a diario, a muchos de los combatientes, para ayudarlos a superar los efectos psíquicos de la derrota.

Por otra parte, la ola represiva se extendió y también fue eficaz. Muchas casas de seguridad cayeron y otras no podían ser utilizadas por mera precaución. Se nos dificultó enormemente conseguir alojamiento seguro. Muchos tuvieron que pasar las noches en las funerarias, aparentando ser dolientes, mientras que por el día deambulaban por las calles, con el riesgo que eso implicaba.

Por ejemplo, yo no pude regresar más a mi casa, porque la Policía la ocupó y se mantuvo en ella por varios días. Lo registraron todo minuciosamente. Incluso, llegaron al extremo de desbaratar la ropa buscando algún mensaje o documento. Estaban impresionantemente agresivos. Conchita no pudo regresar a la casa y alquiló un apartamento amueblado, en Miramar. En aquel apartamento fueron a esconderse varios compañeros del Movimiento 26 de Julio. De verdad, que se creó una situación muy complicada, incluso desde el punto de vista económico. Fueron días de mucha tensión.

Suárez : ¿Y su casa?

Buch : ¡Ah! Ahí vuelve a aparecer Nacho Carranza. Él hizo contacto conmigo días después de la huelga. Él conoce que hemos tenido que abandonar la casa, y me dice que él podía mudarse y cuidarla, ya que tan pronto como la Policía se retirara de la casa, él iría para allá. Nosotros accedimos y por medio de mi cuñado, Roberto Acosta, le hice llegar la llave y él le entregó un contrato de arrendamiento por tres- cientos pesos mensuales, los que nunca pagó. Poco después lo retiraron de Cuba y lo trasladaron a Guatemala, desde donde su esposa le escribió a Conchita. Pero ignoro las razones por las cuales lo sacaron de Cuba.

Suárez : Después del fracaso de la huelga general es que se produce la reunión de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio en El Alto de Mompié, a la que usted asiste. ¿Cuándo les llega a ustedes la orden de Fidel de subir a la Sierra Maestra?.

Buch : Si no recuerdo mal, el 27 de abril llegó la orden de que debíamos subir a la Sierra Maestra para analizar lo sucedido. Fidel convoca a una reunión a los que habíamos sido responsables del Comité de Huelga, para dar cuenta y hacer un análisis crítico de lo acontecido y la actitud y responsabilidad de cada cual en el fracaso. Así que debíamos subir a la Sierra Maestra, cargando el fardo de una derrota y la caída de más de cien compañeros.

Suárez : ¿Cómo llegan a la Sierra Maestra, si el clima represivo se incrementa?

Buch : Algunos de los automóviles que usaba el Movimiento 26 de Julio se habían perdido en las acciones, y los pocos salvados fueron guardados por un tiempo prudencial para evitar su captura en caso de que estuvieran quemados”. En mi caso, ocurrió que el día de la huelga mi familia había abandonado la casa, dejando el automóvil en el garaje, pues era virtualmente inútil que lo hubiesen llevado, porque apenas la Policía se presentara a la casa, lo que era de suponer, iba a buscar el auto y si no lo encontraba lo iba a circular. Eso fue lo que ocurrió: al día siguiente de la huelga, la casa fue ocupada por el Servicio de Inteligencia Militar (SIM). Durante varios días tuvieron a sus agentes allí, contestando las llamadas telefónicas.

Cuando recibimos la orden de partir para la Sierra Maestra, analizamos la situación. En realidad, el único automóvil que tenía condiciones para hacer el viaje hasta Santiago de Cuba era el mío, pero estaba vigilado por la Policía. Faustino Pérez estaba ansioso y, dado su carácter, quería partir esa misma noche, y me plantea que fuéramos hasta mi casa, donde estaba la Policía, y que a punta de pistola nos llevásemos el auto y saliéramos para Oriente. Faustino era así. Él quería quitarle a la Policía, a punta de pistola, el carro, como si no nos fueran a circular y detener. Una locura. Nos hubiesen atrapado enseguida.

Me costó trabajo convencerlo, así que le aseguré que yo me compro- metía a conseguir un auto que no estuviera “quemado”. Al principio, puso reparos en postergar la salida para el día siguiente, pero aceptó.

Finalmente, usamos el Cadillac de Rafael Martínez Pupo, quien era un buen cliente mío.

Rafael tenía la costumbre de levantarse a las cuatro de la mañana, para comenzar a trabajar una hora después en su almacén. Yo medité y llegué a la conclusión de que si esa misma noche me presentaba en su casa a pedirle el vehículo lo haría pensar y posiblemente se negaría a prestármelo. Por eso, decidí que lo mejor era conversar con el hombre apenas se levantara, planteándole sorpresivamente el asunto, sin darle tiempo a meditar. A las cuatro y treinta de la madrugada me presenté en su casa. Le dije que tenía necesidad urgente de salir y estar ese mismo día en Santiago de Cuba y que la única forma posible era con su carro, pues el mío no estaba en condiciones de hacer el viaje. El hombre se quedó pensativo unos instantes y me contestó que no había problema, pero que era el caso de que el chofer había perdido la llave del maletero el día anterior y que era imprescindible que llevara la llave, porque seguramente las postas del Ejército registrarían el maletero a lo largo de la Carretera Central o para utilizar el repuesto. Aquello me olió a mero pretexto, pero le dije que yo arreglaba el problema.

Conduje el auto hasta el almacén, dejé a Rafael, y entonces fui y busqué a mi cuñado, Roberto Acosta, quien era militante de Resistencia Cívica, para que llevara el carro a un cerrajero. Roberto lo hizo así, y poco después me lo devolvió con dos copias de la llave del maletero.

Cuando mi madre se enteró de que iba a partir para Santiago de Cuba, no hubo manera de convencerla para que no me acompañara, porque aquello era peligroso. Así que decidió hacer el viaje con nosotros, lo que después resultó de suma importancia. Recogí a Faustino y a su esposa Nélida Pla, quien estaba embarazada, en la casa del doctor La Flor, en L y 19, en El Vedado. Faustino llamó por teléfono a Oscar Lucero para informarle de que íbamos a salir. Después fue que nos enteramos de que en ese momento la Policía se encontraba ya en la casa de Oscar y que los esbirros le dejaron contestar para escuchar la conversación. Oscar se concretó a recibir la llamada, por lo que Faustino no notó nada extraño. Oscar era una gente de valor excepcional. Lo torturaron salvajemente, pero no habló. Después lo asesinaron. Él había intervenido en el ajusticiamiento de Fermín Cowley Gallegos, en Holguín, en el secuestro de Juan Manuel Fangio, y en otras muchas acciones de importancia del Movimiento 26 de Julio. Esa fue una tremenda pérdida. Aún no ha aparecido su cadáver.

Suárez : Este viaje a la Sierra Maestra es un viaje sin retorno a La Habana, ¿no?

Buch : Sí. Fue un viaje sin retorno inmediato a La Habana. Cuando volví a La Habana fue ya con la dictadura derrotada.

Suárez : ¿Tuvieron contratiempo para llegar a Santiago de Cuba?

Buch : Como a las nueve de la mañana partimos para Santiago de Cuba.

Aquí ocurrió que Arnol Rodríguez, pese a ser miembro de la Dirección Nacional y de haber estado vinculado directamente a la preparación y el desarrollo de la huelga de abril como responsable de Propaganda, no viajó a la Sierra Maestra porque se tuvo que quedar al frente del Movimiento 26 de Julio en La Habana, y apenas Arnol supo que la Policía había oído a Faustino decirle a Oscar de que iba a viajar rumbo a Santiago de Cuba, se comunicó por todos los medios posibles con las estructuras de la organización para que se extremara las precauciones y nosotros pudiéramos llegar a salvo a Santiago de Cuba.

El enorme dispositivo de búsqueda y captura dispuesto por la dictadura resultó infructuoso, pues ellos desconocían el medio, la vía que íbamos a utilizar para llegar hasta Oriente. No sólo la Policía, ni siquiera nuestros compañeros, se podían imaginar que nosotros viajábamos en un Cadillac negro del último modelo, con aire acondicionado, recién sacado de la agencia automovilística. Nadie se podía imaginar que viajábamos en uno de los automóviles más caros y lujosos de la época, semejante a los que generalmente utilizaban los más encumbrados jerarcas de la dictadura.

Pasamos por muchos puntos de vigilancia, por decenas de postas militares. Cada vez que en los puestos de carretera las postas nos hacían la señal de parar, abríamos la puerta y por ella salía una corriente de aire frío que los impresionaba. En la mayoría de los casos, nos ofrecían disculpas y nos permitían continuar viaje sin siquiera registrarnos. A veces, nosotros insistíamos en que practicaran el registro, en una simple técnica de despiste.

Al llegar a Victoria de Las Tunas, Faustino dispuso que debíamos quedarnos allí a pasar la noche, pues por esos días los comandos rebeldes tenían la orden de tirotear los vehículos que transitaran por la Carretera Central. Quedándonos en Victoria de Las Tunas, evitábamos ser víctimas ocasionales del fuego de nuestros compañeros de organización. Nos quedamos en un hotel que estaba justo en la Carretera Central, con todo listo para partir en las primeras horas del día siguiente.

Esa noche Faustino y yo bajamos al comedor como dos simples huéspedes. Desayunamos también en el hotel, y mi madre compró varios emparedados de jamón y queso para llevárselos a sus nietos.

Partimos, y cuando llegamos a La Pesa, en Bayamo, que era un sitio trágico, pues funcionaba no sólo como punto de control militar, sino como centro de tortura y asesinato de revolucionarios, los soldados se mostraron recelosos. Insistían en identificarnos, en evidente suspicacia. Fue ahí donde los emparedados de mi madre desplegaron sus buenas artes.

La situación se prolongaba demasiado, aumentando la tensión en nosotros. Mi madre comprendió que había que hacer algo, así que llamó a varios de los soldados y les dijo:

– Hijos, ustedes deben estar cansados. Seguramente no han desayunado. Yo traigo unos emparedados, ¿ustedes quieren?

Mi madre comenzó a repartir los emparedados a los soldados, quienes virtualmente los devoraron, pues se les veía hambrientos. Esto suavizó la situación y nos permitieron continuar viaje. Llegamos a Santiago de Cuba poco después, sin ningún otro tipo de dificultad.

Al día siguiente, mi hermano Guillermo trasladó a La Habana el Cadillac y lo entregó al propietario. Yo tenía planeado quedarme en la Sierra Maestra y comenzar una vida de guerrillero. Estaba convencido de que esto no sólo era posible, porque nada lo impedía, sino de que era lo mejor. Hacer vida de guerrillero no hubiese supuesto ninguna complejidad para mí, claro, una vez vencido el lógico período de adaptación al medio y a las condiciones de la guerrilla.

Suárez : ¿Permanecieron mucho tiempo en Santiago de Cuba?

Buch : Poco, realmente estuvimos poco tiempo. Los dirigentes del Movimiento 26 de Julio en Santiago de Cuba organizaron rápidamente la salida para la Sierra Maestra. Nos dividieron en varios grupos. A mí me tocó ir con David Salvador y con Lilliam Mesa. Lilliam condujo el Buick rojo de dos puertas hasta Manzanillo, hasta la casa de Francisca Rivero, madre de Piti Fajardo. Los compañeros del Movimiento 26 de Julio en Manzanillo se encargaron de preservar el auto, echando a andar cada día el motor, de tal manera de tenerlo listo para cualquier emergencia.

Allí, en casa de la familia de Piti Fajardo, me cambié de ropa. Dejé la ropa de ciudad por una camisa azul y un pantalón de mezclilla, pero ya había cometido el primer gran error, imperdonable por cierto, pues dejé en Santiago de Cuba las botas que había logrado conseguir. Aquellos zapatos de corte bajo que traía no servían para nada en la monta ña, ni para subir ni bajar lomas.

Como a las seis de la tarde, salimos de Manzanillo, en una camioneta y un jeep. Ibamos Faustino Pérez, Haydée Santamaría, Marcelo Fernández, René Ramos Latour, David Salvador, Roberto Suárez Lora y su hijo Otto, cuatro muchachas, dos choferes y yo: catorce personas en total. La coartada sería de que íbamos de parranda, idea de Haydée.

Poco antes de llegar al cuartel de la Guardia Rural en Yara, por donde era inevitable tener que pasar, comenzamos a cantar. La posta nos dio la orden de parar y todos bajamos de los vehículos con botellas de ron en la mano, aparentando que estábamos de fiesta. Las muchachas se encargaron de invitar a los guardias a comernos un macho asado en una finca cercana para festejar el cumpleaños de una de ellas. Formamos tremenda algarabía, así que los guardias se quedaron perplejos y nos ordenaron seguir sin registrar los vehículos. Aquel era el punto más peligroso.

Llegamos, sin problemas, a la arrocera de Poyán. Tomamos un terraplén hasta llegar a una casa de madera y zinc situada al final de los sembrados. Una vez allí, los dos vehículos regresaron a Manzanillo.

Estuvimos esperando hasta bien entrada la noche. Yo estaba preocupado, porque pasaban las horas y no nos venían a buscar. Sin embargo Haydée, Faustino y los demás compañeros se mostraban tranquilos, como si de verdad estuviéramos de cumpleaños. Por fin, llegó una camioneta, con las luces apagadas, y con estas así salimos, por potreros y maleza de todo tipo, dando tumbos, sin poder tomar caminos o terraplenes que pudiesen ser peligrosos, pues era posible encontrarnos con el Ejército. A mí me tocó ir en la cabina, con el chofer y con Haydée, a la que los compañeros le decían que cuidara del Viejito, como comenzaron a llamarme de jodedores. Dimos tumbos como locos, inclu so al cruzar una cañada estuvimos a punto de tener un accidente.

Antes de llegar al rastrillo, el compañero que guiaba el vehículo tenía que encender rápidamente los faroles de la camioneta en dos ocasiones. Pero olvidó fijarse en un corpulento árbol, que era lo que indicaba el lugar convenido, así que la avanzada de los rebeldes que nos esperaba para darnos protección estuvo a punto de dispararnos, pues vieron acercarse un vehículo sin luces, que no hacía las señales convenidas, situación que se hizo más dramática por el hecho de que en esos momentos pasó un avión y el ruido de su motor desconcertó a los guerrilleros. Nos salvó la sangre fría del teniente que mandaba el pelotón, quien dio el alto, ocasión en la que el chofer recordó la contraseña y encendió los faros dos veces.

Por supuesto que el oficial reprendió al chofer y este se justificó diciendo que no había visto el árbol. En unos instantes estábamos rodeados por rebeldes armados. Entonces, me sentí más tranquilo. Protegidos por aquellos rebeldes llegamos a Las Mercedes, antesala de Las Vegas de Jibacoa, a donde llegamos de madrugada. Nos alojamos en la tienda de Bismarck. Allí nos encontramos con Celia Sánchez y Clodomira Acosta, quienes nos estaban esperando. Nos alimentamos con lo que ellas habían preparado. Pasamos un frío “de película”, porque en la Sierra Maestra baja mucho la temperatura por la madrugada.

Nos acostamos en el suelo, abrigándonos con sacos y papeles, con lo que apareciera.

Desde bien temprano se organizó la marcha, bajando y subiendo lomas, algunas “de ampanga”. Yo estaba bien jodido, porque los zapatos de corte bajo que traía no servían para nada allí, no iban a aguantar la jornada de caminata. Hablé con Bismarck el asunto, porque sabía que él tenía varios pares de botas como parte del suministro del Ejército Rebelde, pero ninguna me sirvió. Imagínate la decepción y la preocupación que comenzaba a tener. Entonces, me dijo que uno de los pilotos del avión que trajo las armas de Costa Rica, había dejado sus botas en la tienda, pero que él ignoraba dónde. Me di a la tarea de registrar minuciosamente la casa, sin dejar ningún rincón. Para mi suerte, en un lugar inimaginable, en la parte superior de una de las patas que sostenían el bastidor de una cama, encontré un par de botas de gamuza, de color carmelita, envueltas en un pantalón y sujetas por un cinto. Vi el cielo abierto.

En Las Vegas de Jibacoa estaban los dos mulos en los que habían venido Celia y Clodomira. Por mucho que insistimos, Celia y Haydée no quisieron utilizar los mulos para subir el firme de la Sierra Maestra. Nada, que en resumidas cuentas, Faustino y yo fuimos los que terminamos utilizando aquellas bestias. Celia era más ligera que Haydée, y muy buena caminante de esos lugares. Era impresionante verla cómo adelantaba distancias, con sus alpargatas, y luego se sentaba a esperar a que los otros llegaran.

De cierta manera, ir en los mulos fue un “embarque”. Nosotros teníamos que ajustarnos a los trillos de las montañas por los que transitaban las arrias. En El Infierno, a Faustino se le ocurrió dejar el trillo, para acortar camino. Yo no quise, pero Faustino era terco y comenzó a acortar. La loma de El Infierno, que era de tierra roja, estaba formada por terrazas que se hicieron cuando era explotada una mina, a semejanza de una especie de escalera. Pues ocurre que la terraza por donde había ido Faustino para adelantar llegó a un punto que no permitía seguir avanzando, así como que impedía virar al mulo y retroceder. A mí “me daban cuerda”, riéndome de Faustino, del apuro en que estaba metido. A duras penas logró bajarse del mulo. Lo empujó como pudo hasta que logró derribarlo hasta la otra terraza inferior, y con el mulo, él. Nada, que los que iban a pie avanzaban mucho más rápidamente que nosotros.

El bohío de Mompié estaba situado en el mismo firme de la Sierra Maestra, posiblemente para aprovechar al máximo los rayos solares para el secado del café que producía. Para llegar al bohío había que vencer, finalmente, una loma bien pronunciada que culminaba en una terraza, donde estaba situado. Cuando llegamos a la casa de Mompié, donde estaba Fidel esperándonos, Celia, Haydée y los demás compañeros estaban descansados y frescos. Faustino y Fidel se dieron un fuerte abrazo, y entonces me presentaron a Fidel. Nos dimos un estrechón de manos. En ese momento, realmente, me sentí muy feliz por tener la oportunidad de encontrarme por primera vez con él, en lo más alto de la Sierra Maestra.

Suárez : ¿Qué impresión le causó Fidel?

Buch : Casi indescriptible e imborrable. Fidel me impresionó. Era una persona muy convincente, muy clara en sus exposiciones, muy optimista; sus gestos, su verbo, la fuerza de sus argumentos; la fortaleza de sus juicios; la capacidad de predecir los acontecimientos políticos y militares. Él lo tenía todo muy claro. Cosas que para nosotros podían parecer imposibles, él decía que eran posibles, y luego sucedían.

Con Fidel lo imposible era posible. Una gente excepcional, realmente.

A nosotros, que íbamos pesimistas, abatidos, nos dio nuevas fuerzas, nos levantó el ánimo. Nos fortaleció cuando trazó la táctica y la estrategia que había que seguir para alcanzar el triunfo. Es impresionante cómo nos infundió un tremendo optimismo cuando nosotros veníamos de un terrible fracaso, de perder muchos y valiosos compañeros. El Ejército Rebelde no era más que un puñado de guerrilleros no bien armados y peor alimentados, descalzos algunos, desnutridos, incluso harapientos; y, sin embargo, al escuchar a Fidel uno creía en la victoria, pese a que el enemigo fuera cien veces superior y fuerte, y contara con el apoyo abierto y decidido de la mayor potencia militar de toda la historia, una potencia que acababa de ganar dos guerras mundiales. Fidel transmitía la sensación de que la victoria no sólo era posible, sino que estaba próxima. Él me traspasó una impresión de ser un hombre superior, ciertamente. Fidel comprendía nuestro estado de ánimo, porque el fardo que cargábamos era muy grande y muy pesado: nosotros éramos los responsables más inmediatos del fracaso de la huelga general.

Apenas nosotros llegamos, se improvisó una animada conversación que duró hasta bien tarde; nos llegó la madrugada conversando con Fidel en la cocina de la casa de Mompié. Te aseguro que aquella conversaciòn fue muy importante para mí, porque Fidel logró que yo viera próximo y cierto el triunfo de la Revolución, que era el momento de materialización de los ideales de Guiteras, de los ideales que yo había sostenido siempre. Con honestidad, yo no veía el futuro nuestro con tanto optimismo y seguridad como nos lo transmitió Fidel. Sus razonamientos, su fe en el triunfo, de verdad que contagiaban.

Suárez : La reunión de la Dirección Nacional, ¿se produce de inmediato?

Buch : No. No todos estaban. Por ejemplo, Vilma Espín, quien venía de Santiago de Cuba, había subido por el Tercer Frente, comandado por Juan Almeida, y aún no había llegado. En la casa de Mompié estuvimos varios días, dando pequeñas salidas por los alrededores mientras Fidel recibía a oficiales del Ejército Rebelde y a campesinos que le traían informes. Fidel, mientras llegaba el momento de la reunión, siguió atendiendo los asuntos de la guerra, del Ejército Rebelde, que comenzaban a ser cada vez más complejos porque era evidente que tras el descalabro de la huelga, la dictadura la emprendería contra la guerrilla. Realmente, fueron momentos de mucha tensión. Fidel no paraba, atendía a decenas de compañeros, y no descansaba. Estaba volcado a preparar el terreno guerrillero para la inminente ofensiva del Ejército.

Suárez : ¿Conversaron a solas en esos días?

Buch : Una sola vez. Fue en la parte exterior de la casa, “pegados” a un cuarto, recostados a la pared del cuarto, en dos taburetes. La conversación, básicamente, giró sobre la situación política de Venezuela a raíz de la caída del dictador Pérez Jiménez. Yo había estado allá dos veces explorando las posibilidades reales de que se nos apoyara logísticamente. Le expliqué a Fidel cómo había nacido aquella idea, las conversaciones que había sostenido con Fabricio Ojeda, las posibilidades de desarrollo que tenía tanto el Movimiento 26 de Julio en aquel país como la eventualidad del envío de armas a la Sierra Maestra. Fidel estaba curioso, así que hablamos bastante. Me hizo explicarle también qué posición habían asumido los Estados Unidos frente al problema venezolano.

Antes de la reunión, ese fue el único momento que tuve para conversar a solas con Fidel. La situación era compleja realmente, y, por demás, estuvimos altamente preocupados porque Vilma se había extraviado y demoró bastante en llegar. Cuando ella llegó, el día primero de mayo, en la tarde, estábamos casi todos los que debíamos intervenir en la reunión, menos el Che, quien llegó en la noche del siguiente día, bajo un aguacero descomunal.

Suárez : Pero con el Che, hasta ese momento, usted no había tenido ningún tipo de vinculación.

Buch : No, con el Che no había colaborado. No lo conocía. Sabía muy poco de él.

Recuerdo que el Che llegó, saludó a Fidel y a los demás compañeros que conocía, mientras se secaba la ropa al pie del fuego de la cocina.

En ese momento, nos presentaron. Era seco al principio, cortante, así que fue un mero saludo, en el que no pude advertir ningún gesto específico que denotara nada de lo que pensaba.

Pasaron los años, y ya triunfada la Revolución, en una conversación bastante acalorada, porque había entregado a Celia Sánchez documentos originales que yo conservaba, y que le había entregado pues habíamos convenido en escribir los dos sobre temas de la insurrección, el Che me confesó que aquel día, cuando nos presentaron en la casa de Mompié, que le dijeron que yo era un abogado con un importante bufete en La Habana, un tipo acaudalado, que vivía en el exclusivo Miramar, él se había preocupado pensando: ya esta gente se está introduciendo entre nosotros , y eso era peligroso; mas luego, en el transcurso de la reunión, al observar mi conducta, mis planteamientos, varió un poco el criterio de reserva, negativo, que se había formado; pero me dijo que de todos modos siguió pensando que yo era un compañero que estaría con la Revolución hasta que esta afectara mis intereses o los intereses del medio social en que me desenvolvía. Entonces fue cuando me manifestó:

– Pero ahora, con toda honestidad, Luis, te digo que estoy convencido de que tú sigues con nosotros hasta el final, sea cual sea ese final.

El Che era muy sincero, quizá demasiado. Tengo que decirte, que la primera impresión que tuvo de mí no fue nada positiva.

Suárez : Pero no creo que pudiera pensarse con plena y absoluta seguridad de usted en aquel momento, y menos el Che, que era tan agudo, tan analítico para esas cosas. Posiblemente, yo, ignorando su historia en los años treinta y todas las cosas de las que hemos hablado, de haber sido guerrillero entonces, hubiese dudado de usted.

Buch : Es lógico, ciertamente.

Suárez : ¿El Che era miembro de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio? ¿Qué hacía el Che en la reunión?

Buch : El Che no era miembro de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio. Su presencia en la reunión fue a solicitud de Faustino Pérez.

Suárez : ¿Y por qué Faustino pide la presencia del Che?

Buch : Esto no lo conversé con Faustino, no se lo pregunté. La apreciación que tengo es la de que Faustino quería que el Che conociera directamente el trabajo que se realizaba en el llano, y confrontar opiniones. El Che había expresado opiniones críticas de la actividad de los dirigentes del llano y Faustino quería, en el momento en que se nos iba a enjuiciar políticamente por el fracaso de la huelga, que el Che estuviera para confrontar criterios.

Suárez : Hablemos de la reunión.

Buch : Déjame, primero, describirte la casa, para que puedas situarte.

El bohío tenía una sala bien pequeña, con taburetes, una máquina de coser Singer , de pedal, y otros muebles. La puerta de la izquierda daba acceso a un patio, al extremo del cual estaban los secaderos de café.

Había una habitación, a la que se entraba por una puerta que daba a la sala, y por otra puerta, a través de un pasillo cobijado, se iba a la cocina y a otro cuarto. Esa era la casa de Mompié, donde tuvo lugar la más decisiva de las reuniones de la guerra de liberación.

La reunión fue el 3 de mayo. Apenas amaneció, la familia de Mompié se puso a trajinar en sus quehaceres y nosotros nos levantamos casi todos juntos. Nos dieron café bien caliente, que nos ayudó a quitarnos un poco el frío, pues las temperaturas de la madrugada y de las primeras horas de la mañana eran bien frías, pese a que ya estábamos en primavera. Varios estábamos sin la ropa adecuada para aquel frío húmedo.

Cerca de las seis de la mañana, por indicaciones de Fidel, pasamos a la habitación principal de la casa. Fidel y René Ramos Latour se sentaron juntos en la cama mayor; delante de ellos estaban, sentados en otra cama más pequeña, Faustino, Marcelo Fernández, Vilma y Haydée; David Salvador y Ñico Torres se sentaron sobre una pequeña mesa; el Che se sentó sobre un toconcito, en el suelo, en la entrada de la habitación; Celia, estaba a su lado, tomando notas, y yo, en un taburete, debajo de la única ventana.

Lo primero que se analizó, y bien críticamente, fue el fracaso de la huelga general. La reunión fue bien tensa, porque se analizó las responsabilidades individuales y colectivas de los que habíamos participado en la organización y conducción de la huelga. Se estableció que nosotros, los del llano, habíamos despreciado la capacidad represiva y de respuesta de la dictadura y sobrevalorado, hipertrofiado, la fuerza de nuestra organización. Se valoró como inadecuado el método de convocatoria por radio, queriendo mantener en secreto la fecha para evitar que Batista tomara represalias. Hubo un análisis bien profundo y crítico de los factores del fracaso, que yo no te voy a relatar porque ya de eso hemos hablado.

Ahora, allí hubo discusiones bien enconadas, cuando se hizo el análisis de la responsabilidad que a cada cual correspondía, y la más acalorada, sin dudas, fue la que hubo con los dirigentes obreros que se habían opuesto y que entorpecieron sectariamente la participación del Partido Socialista Popular y sus estructuras obreras en la huelga.

Fidel y el Che criticaron muy severamente a David Salvador, por los enfoques e informaciones erróneas que había realizado del FON (Frente Obrero Nacional), sobreestimando su capacidad de convocatoria entre la clase obrera y subestimando al movimiento obrero dirigido por los comunistas. Le criticaron, especialmente, la concepción sectaria de la huelga, que obligaría a las otras organizaciones a sumarse a esta por medio del FON, aceptando hechos consumados, en lugar de incorporarlos desde la concepción misma del movimiento huelguístico.

Fidel también criticó que habíamos cometido errores de apreciación, especialmente la subestimación que habíamos hecho de la capacidad represiva y de respuesta de la dictadura, principalmente en La Habana.

Allí valoramos el que las milicias urbanas habían sido organizadas sin haber sido entrenadas adecuadamente en una disciplina de combate, lo que hacía que muchas acciones no pudieran ejecutarse adecuadamente por falta de preparación militar o psíquica de los combatientes urbanos.

Discutimos ampliamente acerca de la falta de coordinación de las acciones entre el Ejército Rebelde y las milicias que actuaban en las ciudades y en los poblados, lo que conducía muchas veces a entorpecer los planes tácticos de la guerrilla o de la clandestinidad.

Suárez : ¿Esto es lo que conduce a que se unifique el Movimiento 26 de Julio en lo militar y en lo político?

Buch : Sí. Para poder acometer la lucha con coherencia, con mayor efectividad operativa, táctica, estratégica, era imprescindible que se produjera la unificación del mando del Movimiento 26 de Julio. Así que se decidió unificarlo bajo una sola dirección, que recaería en un Comité Ejecutivo de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio radicado en la Sierra Maestra, y Fidel sería su secretario general.

Pasaba a ser el Comandante en Jefe de la Revolución. No era un cargo formal, sino real, operativo. El mando unificado fue un paso de avance decisivo para la conducción de la guerra.

Suárez : ¿De qué otros asuntos se trató en la reunión de Mompié?

Buch : Marcelo Fernández rindió un informe minucioso en relación con la organización y las acciones del Movimiento 26 de Julio durante la huelga en cada provincia y en los municipios importantes. También fue objeto de informe y análisis todo lo relacionado con el Movimiento de Resistencia Cívica, que tanto apoyo nos brindó, y no sólo al Movimiento 26 de Julio, sino también al Directorio Revolucionario 13 de Marzo.

Yo informé sobre el Comité del Exilio, sobre la debilidad de su Presidente, Mario Llerena, quien era el único cuadro profesional del Movimiento 26 de Julio; hablé sobre las ambiciones personales que se le notaban y las interferencias que tenía con el doctor Manuel Urrutia.

Como consecuencia del análisis que realizamos, se decidió retirarle a Mario Llerena la subvención de trescientos dólares mensuales que recibía, con la decisión de que si continuaba en aquellas actitudes, se procedería a su sustitución.

Se ratificó la designación del doctor Urrutia para el cargo de Presidente Provisional de la República, acordando de que, cuando las condiciones lo permitieran y hubiese sido aceptado por las demás organizaciones opositoras o revolucionarias, o por una parte de ellas, se le traería a la Sierra Maestra para constituir el Gobierno Revolucionario en Armas.

Poco tiempo después, Urrutia pasó a cobrar una subvención de trescientos dólares —la misma que se le había retirado a Llerena—, pues Batista le había suspendido el pago de su jubilación.

También fue objeto de análisis la proliferación de pequeños grupos en la emigración, liderados por individuos de marcadas ambiciones políticas, en franco desconocimiento y en pugna disciplinaria y de representación con el Comité del Exilio. Por eso es que se acuerda de que Fidel elaborara un documento dirigido a los exiliados y a los emigrados, llamándolos al orden, a la disciplina, al acatamiento de la representación del Comité del Exilio como única autoridad del Movimiento 26 de Julio en el exterior.

Faustino Pérez informó de que en los días finales de enero un grupo de emigrados cubanos en Venezuela había enviado al Movimiento 26 de Julio quinientos dólares como una ayuda inicial y la información de que estaban en inteligencia con Fabricio Ojeda, quien presidia la Junta Patriótica, y con Wolfgang Larrazábal, Presidente de la Junta de Gobierno, para conseguir armamento venezolano con destino a la lucha contra Batista. Yo informé que había realizado dos viajes a Caracas: la primera vez explorando las posibilidades de respaldar la lucha en Cuba con el aporte de la emigración cubana en Venezuela y de las autoridades patrióticas venezolanas en ayuda bélica, y en la segunda ocasión, acompañando a los doctores Urrutia y Raúl Chibás; que en esa ocasión se había realizado en Caracas la llamada Cena de la Libertad, en la fecha del 24 de febrero, en el aniversario del Grito de Baire, a la que concurrió Urrutia y en la que participaron las más connotadas personalidades revolucionarias y políticas de Venezuela, exiliados dominicanos y grupos de exiliados cubanos, y que se había recaudado miles de bolívares para la causa nuestra. Informé que el grupo de emigrados cubanos en Venezuela era prestigioso e influyente en las esferas de gobierno y en la sociedad venezolana, y que las posibilidades de obtener recursos bélicos eran grandes; que ese era el saldo de la entrevista que yo había tenido con Fabricio Ojeda en la casa de Manuel Piedra y que Fabricio no sólo había hablado en su nombre, como Presidente de la Junta Patriótica que organizó la huelga general que derrocó a Pérez Jiménez, sino que me había manifestado contar con el consentimiento personal del Presidente de la Junta de Gobierno, Wolfgang Larrazábal.

Suárez : ¿En qué consiste la reestructuración del Movimiento 26 de Julio que se adopta en Mompié? ¿Sólo en la designación de Fidel como secretario general?

Buch : No, ¡qué va!. En Mompié se acordó que Faustino Pérez cesaría como responsable del Movimiento 26 de Julio en La Habana, reintegrándose a la Sierra Maestra, en calidad de comandante y en su lugar, se designó a Delio Gómez Ochoa. Marcelo Fernández conservaría el cargo de coordinador del Movimiento 26 de Julio y se le encargó además la redacción de un documento, con los resultados y acuerdos de la reunión, para ser circulado entre todas las estructuras de la organización. René Ramos Latour se quedaría en la Sierra Maestra, con el mismo grado de comandante que tenía en las milicias. A Haydée Santamaría se la designó como tesorera del Movimiento 26 de Julio y representante personal de Fidel en el exterior, por lo cual tendría que salir al extranjero, algo que ella siempre rechazó. David Salvador debería quedarse en la Sierra Maestra y oportunamente se le señalaría funciones. Ñico Torres debería estar al frente del movimiento obrero y luego pasó al Segundo Frente, donde organizó el Congreso Obrero y el Congreso Campesino en territorio liberado. Enzo Infante pasaría a La Habana como coordinador del Movimiento 26 de Julio.

Suárez : ¿Y usted?

Buch : Se acordó de que yo fuera para el extranjero a ayudar al doctor Manuel Urrutia y a viabilizar la ayuda prometida por los venezolanos.

Se me daba facultades y orientaciones precisas en cuanto a Urrutia.

Debía mantener los contactos políticos con los gobiernos extranjeros, prestándole especial atención a la conducción de los contactos con las autoridades venezolanas, con el propósito de lograr un rápido envío a la Sierra Maestra del armamento ofrecido por Fabricio Ojeda y Wolfgang Larrazábal. Además, se determinó de que yo fuera en el extranjero el único responsable del código con los cifrados, y se nos encargó al Che y a mí la elaboración de las claves que utilizaría el Movimiento 26 de Julio para las comunicaciones entre el Comité del Exilio y la Comandancia General.

Suárez : ¿Qué más ocurrió en la reunión de Mompié?

Buch : Al mediodía, se hizo un receso para que Fidel atendiera a Pedro Luis Díaz Lanz y Roberto Verdaguer, los pilotos del avión que, procedente de Costa Rica, había aterrizado por Cayo Espino, trayendo a Pedrito Miret, Ricardo Martínez Valdés, Hubert Matos y un alijo de armas que allá se había conseguido con el apoyo del expresidente José Figueres. El avión tuvo desperfectos técnicos en una hélice, por lo que fue incendiado para evitar que fuera ocupado e identificado por el Ejército.

Continuamos trabajando hasta las cuatro de la tarde, hora en que hicimos otro receso, bastante breve, para almorzar: arroz con trocitos de jamón serrano que había llevado Haydée, acompañado con malanga hervida. Para la Sierra Maestra, después de días de poco alimento, era un soberano banquete. Después del almuerzo volvimos a reunirnos en la habitación, hasta que Mompié la pidió para que su familia descansara, al anochecer. Entonces, nos retiramos para el cuarto que estaba al costado de la cocina, sentados en taburetes, cajones, y los más en el suelo. Era una noche de lluvia e invierno frío, así que Celia y Haydée encendieron una fogata en la cocina, para protegernos un poco.

Abordamos lo relacionado con la estrategia de la guerra y la necesidad de establecer las claves para la coordinación con el exterior. Nosotros debíamos encubrir toda la información importante, especialmente lo relacionado con el asunto de la ayuda logística, y de esa misma forma secreta debíamos coordinar con la Sierra Maestra, y recibir las orientaciones en relación con el trabajo del Movimiento 26 de Julio, la política con las demás organizaciones, las cuestiones propias del trabajo en el exilio y las relaciones políticas con gobiernos extranjeros. Entonces, fue cuando al Che y a mí se nos encargó de la elaboración de dichas claves, que debían ser cuidadosamente elaboradas, porque su uso iba a ser en la mayoría de los casos mediante mensajes radiales, monitoreados por la dictadura.

La reunión terminó en la madrugada del 4 de mayo. A esa hora, cada cual buscó un rinconcito para dormir un poco, porque quedaban muy pocas horas para el amanecer. Todos nos fuimos a dormir, menos Fidel, quien se acostó en su hamaca y se puso a leer con la poca luz de una “chismosa” que colocaba en un hueco cóncavo hecho en un extremo de la hamaca, que tenía por fondo una pequeña bolsa.

Suárez : ¿Y las claves?

Buch : Bueno, eso es otra historia. Mejor te cuento lo que pasó en Mompié con las claves y si tú quieres, en otra ocasión, trabajamos con mayor abundancia todo lo relacionado con los cifrados y las claves, y todo lo que hay detrás de eso, porque eso es largo.

Suárez : De acuerdo.

Buch : Mira, yo no sabía nada de nada de criptografía. Para mí era totalmente nuevo. Así es que el Che fue el encargado de elaborar las primeras claves.

Apenas amaneció, el Che puso manos a la obra. Con mucho empeño comenzó a confeccionarlas. Mientras trabajaba, me iba informando acerca del uso y de la importancia de los cifrados, y me daba una explicación muy técnica, muy bien desarrollada acerca de los distintos sistemas. Me hizo un comentario que después fue decisivo para completar las comunicaciones secretas de la Revolución. Hay un momento en que el Che me dice:

– Figúrate que tuviéramos dos diccionarios. Uno en poder de vos y el otro con nosotros. Sería formidable. Eso facilitaría las claves y las haría más seguras.

Me comentó aquello sin darle mayor importancia, como parte de todas las explicaciones que me estaba dando. Lejos estábamos de imaginar que, finalmente, esa sería la manera en que resolveríamos el problema. Pero como no teníamos dos diccionarios de la misma edición y no era posible conseguirlos en la Sierra Maestra, el Che trabajó en unas claves. Estas consistían en sustituir las letras del alfabeto por cifras convencionales, por lo que confeccionar un mensaje exigía de tantas cifras como letras llevara cada palabra, lo que lo hacía extremadamente largo, susceptible de cometer errores, especialmente en la separación de las palabras.

Bueno, el Che hizo las claves y les sacó una copia, que me dio, y esas fueron las claves que yo llevé conmigo, con la advertencia de Fidel de que yo sería el único poseedor de ellas en el extranjero, no pudiendo, bajo ningún pretexto, razón o circunstancia, entregarlas a otra persona, por mucha confianza que me mereciera, porque en caso de que hubiese que exigir responsabilidades, estas no podían quedar diluidas. La responsabilidad era mía.

Por supuesto, yo estaba claro de la tremenda responsabilidad que recaía sobre mí, pero eso no era ningún problema, porque siempre he tenido un sólido concepto de la discreción. Días después, estando ya en el exilio, en Caracas, por esto mismo tuve problemas, fricciones con el grupo de Agustín Capó, que era el grupo que adquirió una planta radiotransmisora y receptora que se identificaba como Dos Indios Verdes y establecía comunicación con Radio Rebelde. Ocurrió que semanas después, cuando Mario Llerena va a Caracas, a comunicarse por radio con Fidel, querían que les facilitase las claves para tener la posibilidad de comunicarse de manera discreta con la Sierra Maestra. Por supuesto, me negué, y eso creó fricciones. Pero eso no me preocupaba, yo tenía una orden de Fidel, que era la de garantizar a cualquier precio la seguridad de las claves secretas.

Suárez : ¿Cuántos días más permaneció en la Sierra Maestra? ¿Recibió instrucciones personales de Fidel?

Buch : Fueron diez días. Dejar el lugar comenzaba a ser un problema, porque los vuelos de reconocimiento eran frecuentes, y se tenía información de inteligencia de que las tropas del Ejército se estaban moviendo en dirección a las posiciones del Primer Frente, y de que los controles se estaban haciendo muy rigurosos. Ya se sabía que habría una ofensiva contra la guerrilla, con el uso de muchos medios y de miles de hombres.

Como Haydée Santamaría y yo teníamos que salir al extranjero, Fidel dispuso de que debíamos ser los primeros en partir, con el menor riesgo posible; aprovechar el domingo, cuando el movimiento de tropas era menor y recesaban todas las actividades.

Nos ensillaron dos bestias: una yegua para Haydée y un caballo para mí. La gente consideraba a la yegua como propiedad de Haydée, pero no sólo era eso, sino que la bestia la obedecía de una manera sorprendente. A mímme dieron un caballo de poca alzada. En la Sierra Maestrameste tipo de caballo es mejor, porque los animales pequeños son másnseguros para caminar por la lomas, por los trillos resbaladizos. Los mulos son los mejores. Haydée montó en su yegua y luego yo en el caballo que me asignaron.

Ya nos habíamos despedido de Fidel, quien estaba dando grandes pasos por uno de los secaderos de café, y cuando nos estábamos despidiendo de los compañeros, comenzó a avanzar hacia donde yo estaba subido en aquel caballo. Se me acercó, puso un brazo sobre el cuello del animal y con la mano derecha agarró el moño de la montura y me pidió que bajara y que lo acompañara. Me bajé y comencé a caminar tras él. Se fue hasta el extremo de uno de los secaderos, que tenía un muro para evitar el derrame de los granos de café, apoyó un pie en el muro, y haciendo gestos de señalización con su mano derecha, comenzó a explicarme:

– Frente a nosotros tenemos Las Vegas de Jibacoa y más adelante Las Mercedes, que es el camino que ustedes usaron para subir. Estamos en el firme de la Maestra. A nuestras espaldas, un poco a la izquierda, está el Turquino. Ya el Ejército tiene preparada la ofensiva y más rápidamente de lo que puedas suponer la van a desatar. Si te percatas bien, a ellos no les queda más remedio que atacar con el grueso de sus fuerzas por Las Mercedes, donde tienen la ventaja de poder desplazar equipos pesados. Nosotros nos vamos a plantar, vamos a tratar de impedir que puedan llegar al firme. Los vamos a sorprender en el llano. Por mar, por la costa, pese a que tienen muchos hombres concentrados, no van a poder hacer gran cosa, porque nosotros estamos en una situación de mucha ventaja posicional. Seguramente, van a enviar algunas fuerzas para intentar subir el firme por la izquierda, para distraernos. Por nuestras espaldas es imposible que puedan hacer o intentar algo efectivo, porque el Turquino se los impide; y es en esto que quiero que te fijes bien: si a ustedes llegan informes confiables de que nosotros hemos tenido que retirarnos, lo que no vamos a realizar sino hasta el final, cuando no queden alternativas, si ello llega a ocurrir y nosotros tenemos que retirarnos, el Turquino debe servirles de punto de referencia para los envíos de armas y parque. Ustedes tiren los pertrechos sobre el mismo Pico Turquino, que nosotros vamos a encontrar lo que ustedes dejen caer. Seguro. Si un palillo de dientes tiran, un palillo de dientes nosotros encontramos.

Fidel había estado meditando mucho sobre las distintas variantes que podía aplicar el Ejército en su ofensiva sobre la Sierra Maestra. Lo había analizado todo cuidadosamente, y como estaba convencido acerca de la táctica y la lógica que iba a seguir el enemigo, de la dirección que seguiría su ataque principal, por eso tenía determinado qué hacer en caso de que la ofensiva del Ejército lograra desalojar a la guerrilla de las posiciones en aquella zona del firme de la Maestra. Él estaba, evidentemente, decidido a jugarse todas las cartas, y lo que pensó que iba ocurrir, ocurrió así. Pocos días después de que nos retiramos, comenzó la ofensiva. El ataque principal lo realizaron por Las Mercedes, aunque se logró rechazarlo oportunamente, con lo cual la columna enemiga que más logró avanzar hacia territorio rebelde fue la que se desplazó por Santo Domingo y El Naranjo.

Suárez : ¿Se había ganado usted la confianza de Fidel?

Buch : No lo creo. Creo más bien que fue la combinación de un mínimo de confianza con un gran porcentaje de temeridad de su parte.

Antes de decírmelo, estoy seguro de que Fidel lo meditó mucho, porque antes de dirigirse a mí dio pasos muy largos de punta a punta de uno de los secaderos, como meditando la dimensión de la responsabilidad que implicaba hacerme partícipe de sus planes para la peor de las situaciones. Recuerda que acabábamos de conocernos y solamente habíamos conversado una sola vez, y que una persona de mi posición social, quien se había vinculado al Movimiento 26 de Julio inicialmente, podía no ser la persona más confiable para trasladarle aquella decisión. Yo iba a salir de la Sierra Maestra, podía ser capturado, interrogado y torturado y hablar, revelar aquello, iba a salir de Cuba.

Decirme aquello era tremenda responsabilidad, de su parte, y qué te digo para mí: era abrumador.

Mira, esa ha sido la mayor muestra de confianza que se ha tenido conmigo en mi vida de revolucionario. Nos habíamos separado de los compañeros, y sin testigos, Fidel me da a conocer la táctica que va a seguir para el caso de una retirada, que se supone sea en una situación calamitosa, casi de fuerza aniquilada, porque él tenía la decisión de resistir en el firme, y sólo retirarse cuando no quedara alternativas de resistencia, y, conociéndolo, eso hubiese sido cuando ya el Ejército Rebelde estuviera sin parque, sin armas o casi sin hombres.

Después de que Fidel conversa conmigo, subo al caballo, sorprendido por aquella muestra extrema de confianza, y comenzamos a bajar.

Fuimos por el camino de El Infierno rumbo a Las Vegas de Jibacoa.

Todo el trayecto lo hicimos sin guías. Ello era posible porque Haydée conocía el camino.

Llegamos como a las tres de la tarde. Allí dejamos los caballos, amarrados a la sombra de uno de los postes vivos de la cerca que protegía la casa de Bismarck. En Las Vegas de Jibacoa, nos esperaba Roberto Rodríguez, El Vaquerito , en un jeep marca Willys .

Nos llevó hasta Las Mercedes, donde debíamos esperar la puesta del sol para continuar  viaje hasta la arrocera de Poyán y llegar antes de que se hiciera de noche. Salir de Las Mercedes oscureciendo tenía por finalidad evitar que pudiera distinguirse a lo lejos la polvareda que levantaba el jeep al transitar velozmente por los caminos de tierra de las arroceras. Llegamos al batey de la arrocera llenos de polvo y tierra. El Vaquerito paró frente a una casa de madera, en la que tocamos insistentemente, pero nadie respondió.

Las instrucciones eran bien severas: apenas nos dejaran en la arrocera de Poyán, el jeep debía regresar a Las Vegas de Jibacoa, lugar de refugio del único vehículo que entonces poseía el Ejército Rebelde, dedicado principalmente a la carga de avituallamiento hacia la Sierra Maestra. El regreso inmediato del carro tenía por objeto evitar que se pudiera perder aquel vehículo tan valioso.

Pero como el contacto que debía conducirnos hasta Manzanillo no estaba en la arrocera, El Vaquerito , sin titubear, tomó la decisión de salir en busca de alguna persona que pudiera resolvernos la situación.

Al poco rato, volvió acompañado por un jefe de campo de la arrocera, quien era la única persona que estaba por allí. Al hombre se le explicó que necesitábamos llegar cuanto antes a Manzanillo. Estuvo de acuerdo en ayudarnos e incluso nos facilitó la llave de su casa para que nosquitáramos un poco del polvo que traíamos encima.

El Vaquerito se despidió de nosotros. Nos deseamos buena suerte; él regresó a la Sierra Maestra y nosotros nos fuimos ya de noche a Manzanillo, en un Austin de cuatro plazas que  condujo aquel hombre. A El Vaquerito no lo volví a ver, porque murió en Santa Clara, el 31 de diciembre de ese año, horas antes de que triunfara la Revolución.

El hombre nos llevó a la casa de la doctora Francisca Rivero, que era el sitio donde habíamos estado al llegar a Manzanillo y donde habíamos dejado la ropa de ciudad. Nos cambiamos de ropa, se le avisó a Lilliam Mesa y salimos para nuestro destino. En las afueras de Manzanillo llenamos el tanque de combustible y yo fui conduciendo el auto hasta Santiago de Cuba, sin dificultad de ningún tipo. Fue un viaje tranquilo. A Santiago de Cuba llegamos bien entrada la noche.

Haydée se fue a la casa donde la habían ubicado y yo a la que me asignaron, quedando en vernos temprano en la mañana.

El pasaporte yo lo había dejado en La Habana, ya que ni por un instan- te se me ocurrió de que tuviera que utilizarlo, pues mis planes eran permanecer en la guerrilla o continuar, en todo caso, en la lucha clandestina. Apenas amaneció, llamé por teléfono a mi hermano y cuál no sería la sorpresa cuando me informó que Conchita había llegado la noche anterior a Santiago de Cuba. Hablé con ella y, para mi asombro, me dice mi esposa:

– Yo te traje el pasaporte y el carné del Colegio de Abogados.

Yo le pregunté: –  Pero, ¿cómo se te ocurrió traer el pasaporte y el carné, si tú sabías que yo iba a quedarme en la Sierra Maestra?

Y me dice Conchita: –  Yo tuve la corazonada de que te iban a enviar al extranjero y pensé que ibas a necesitar el pasaporte, así que lo traje. Aquí lo tienes.

De inmediato, me comuniqué con los compañeros del Movimiento 26 de Julio. Les dije que estaba listo para partir hacia el extranjero. Los compañeros me dieron un contacto que resultó ser un pariente mío, Ernesto Buch Santos, abogado, militante del Movimiento 26 de Julio.

A Ernesto lo habían puesto ya en antecedentes y estaba esperándome en la notaría. Su padre era muy amigo del cónsul de Haití en Santiago de Cuba. Ernesto llamó al cónsul para pedirle una entrevista y este le dijo que él iba a pasar por la notaría. El hombre vino con bastante brevedad. Conversamos rápidamente, se le explicó la necesidad que yo tenía de partir para Haití. No puso reparos, se llevó el pasaporte para el Consulado y al poco rato regresó con la correspondiente visa de tránsito, autorizándome a permanecer tres días en Haití. Mientras el cónsul estuvo arreglando lo de la visa en el Consulado, confirmamos que la aerolínea Cubana de Aviación tenía vuelo a Port-au-Prince ese mismo día. La salida era a las once y treinta de la mañana.

Los compañeros del Movimiento 26 de Julio lo previeron todo. Me pidieron que el boleto lo comprara en el propio aeropuerto, donde habría una persona esperándome, quien se encargaría de conversar conmigo hasta que dieran el aviso de salida.

A las nueve y treinta me comuniqué con Haydée. Le dije que ya estaba todo resuelto, que la llamaba para despedirme, y me dice ella:

– ¿Por qué no vas a Boniato y te entrevistas con Armando?

Armando Hart estaba preso desde hacía meses, cuando lo capturaron al bajar de la Sierra Maestra. Le dije a Haydée que esto no iba a ser posible, pues yo tenía muy poco tiempo para llegar al aeropuerto y partir para Haití. Y me dice:

– No importa, todo se arreglará. Dentro de unos minutos pasará un auto a buscarte, te llevará a Boniato y luego al aeropuerto. Es muy importante que Armando conozca los acuerdos que tomamos. Tú eres abogado, así que no debes tener problemas de ningún tipo para que te dejen hablar con Armando.

Pues bien, me recogieron y fui para la cárcel de Boniato, que está a diez kilómetros, aproximadamente, de la ciudad. Mostré el carné de abogado que Conchita me había traído y solicité ver al detenido Armando Hart. Al poco rato lo trajeron. Venía con un militar, quien discretamente se alejó. Conversamos muy brevemente, de pie. Le expliqué lo que había ocurrido en Mompié, los asuntos tratados, lo que se había acordado y las misiones que se nos había encomendado a Haydée y a mí en el extranjero.

De inmediato, salí para el aeropuerto. Me esperaban Conchita y la persona designada por el Movimiento 26 de Julio. Conchita traía la carta que Faustino Pérez había escrito para Carlos Prío, la que me entregó con discreción, justo al momento de partir.

Sin ningún tipo de contratiempo, compré el boleto Santiago de Cuba – Port-au-Prince. Llegó la hora de salida y nada ocurrió. Pregunté la causa de porqué el avión no salía en hora y me dijeron que los pilotos habían decidido almorzar en Santiago de Cuba, donde el menú era de mayor calidad que el de Haití, donde, además, era muy peligroso salir del área del aeropuerto. A las doce meridiano llamaron a los pasajeros a bordo.

Esa tardanza en la salida y llegada a Port-au-Prince me hizo perder el avión de Pan American que coordinaba con el de Cubana de Aviación, por lo que tuve que quedarme en esa ciudad hasta el día siguiente, en el que partí en horas del mediodía con dirección a Miami, en un avión de la línea K.L.M.

* Luis Buch Rodríguez, Abogado, Combatiente de la Clandestinidad , fungió como Ministro de Gobernación en el Primer Gabinete del Gobierno Revolucionario.

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