Heroísmo colectivo y héroe mayor

45 Aniversario de la Huelga de Hambre

ERNESTO VERA

Grandes tensiones y acciones cotidianas impregnaron los meses iniciales de 1957. En seis meses la guerrilla llegaba a su madurez en el combate de El Uvero y ejercía su influencia alentadora en la sociedad en insurrección. La represión crecía en las ciudades. Muchos combatientes eran maltratados, torturados y asesinados, sin que las cárceles fueran la excepción. Cada día podía ser el último en la vida de los jóvenes, sobre todo por tener esa condición y transitar por las calles llenas de perseguidoras tripuladas por hampones. La Habana, especialmente, concentraba la mayor cantidad de asesinos al mando de las estaciones policíacas, donde también se diplomaban y ganaban grados no pocos enfermos mentales que sentían placer en torturar.

En los juicios del Tribunal de Urgencia y prisión del Castillo del Príncipe, se combatía mediante símbolos heredados del proceso de los moncadistas y la dignidad de los revolucionarios, fueran brazaletes y corbatas negras, Himno Nacional y vivas a la Revolución. Actuaban como presos victoriosos de un triunfo futuro que tenía la ética como compañera inclaudicable.

Fue en esas condiciones y mediante esos valores que se realizó hace cuarenta y cinco años la huelga de hambre más masiva de nuestra historia, comenzada en el vivac del Príncipe y extendida a otras cárceles, incluida la de mujeres, durante más de dos semanas. A más de un centenar llegó la cantidad de huelguistas, comenzada por los treinta seleccionados por su mejor salud.

La solidaridad con los presos políticos en Isla de Pinos, atropellados cruelmente por las autoridades del penal, fue la razón principal de ese movimiento; pero su alcance tuvo efectos políticos importantes contra la dictadura y alcanzó gran apoyo popular, con las mujeres martianas al frente.

Fueron varios de los que después serían mártires los iniciadores de la huelga —Sergio González, Ángel y Gustavo Ameijeiras, Arístides Viera, entre otros— y resume esa acción un compañero muy querido que, además de jefe de todos los participantes, fue el alma de ese gran combate tras las rejas: Faustino Pérez. Aquella autoridad natural que irradiaba tenía el prestigio de expedicionario del Granma, de combatiente de la Sierra y jefe del Movimiento 26 de Julio en La Habana.

Todo muy importante, pero lo decisivo era que representaba genuinamente con su gran firmeza y alma bondadosa aquellas responsabilidades e inspiraba un acendrado afecto camaraderil. La huelga, iniciativa de Aristides Viera, tuvo el apoyo inmediato de Faustino, siempre atento a las iniciativas acertadas de sus compañeros. Esa era una de sus principales virtudes. Siempre tranquilo, sosegado, mirando a los ojos del otro, como si estuviera sentado en un parque, dirigía con palabras y gestos de autenticidad raigal, como era él siempre. Parecía hecho para dirigir a hombres y mujeres en la compleja y difícil lucha clandestina, donde dormir vestido y calzado era lo aconsejable y bañarse podía representar la pérdida de los minutos salvadores en el asalto policíaco.

Faustino inició la huelga, en ella estuvo diez días hasta que la libertad condicional le impidió continuarla y después escribió a los huelguistas la carta que la terminó, al día siguiente de la muerte de Frank País, cuando era necesario prepararse para nuevos combates, en un país sin garantías constitucionales. Lo que ocultó entonces y no muchos conocieron posteriormente es que fue el que más arriesgó la vida. Debió ser el último en incorporarse a la huelga o no participar, porque su úlcera estomacal lo aconsejaba. Así era, así es recordado por todos los que tuvieron la dicha de conocerlo. Su rostro en aquel catre de la galera 21 tenía la fuerza de las mejores ideas reunidas, del triunfo de lo más digno y ético de la humanidad sobre la barbarie predominante en ese momento histórico y siempre. Él es de los que nunca nos abandonan, jamás se van. Está cercana y presente aquella imagen de delgadez acrecentada por el hambre de tantos días y su barba creciente, las que le daban el aspecto quijotesco que permitía llegar y conocer mejor al de adentro, al de la utopía ya triunfante en lo moral que habría de hacerse concreta y real menos de un año y medio después. Los que estuvieron con él en esos días, los que han muerto, los que viven, conocieron muy bien que el heroísmo colectivo de la huelga de hambre fue posible en gran medida por Faustino, el héroe mayor, tan grande como su sencillez y tan inolvidable como su abnegación.

 

Granma 16/07/2002

 

 

 

 

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