De Alegría de Pío a Purial de Vicana

En los días más críticos, la bandera en alto

Este relato lo escribió hace 20 años el comandante Faustino Pérez, uno de los expedicionarios del Granma que estuvo junto al Comandante en Jefe en aquellos días difíciles que siguieron al sorpresivo ataque de Alegría de Pío, el 5 de diciembre de 1956. Faustino integró en 1955 la primera Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio. Siguiendo órdenes de Fidel estuvo encargado de organizar la lucha clandestina y las tareas de apoyo a la guerrilla en “el llano”. Al triunfo revolucionario desempeñó diversas responsabilidades hasta su muerte en 1992.

Faustino Pérez

Como es bastante conocido, a los tres días del “desembarco-naufragio” de Las Coloradas, y después de una larga noche de lenta marcha y frecuentes pausas, moviéndonos entre el monte y la caña como sombras convalecientes después del largo y azaroso viaje pero fortalecidos por la alegría de sentirnos ya en nuestro suelo, camino del porvenir, en la mañana del día cinco de diciembre de 1956, acampamos en una pequeña ceja de monte sin suficiente despliegue, ni desconfianza, ni alertas.

Durante los preparativos de la expedición del Granma en octubre de 1956, en México, junto a Fidel están Faustino (a la derecha), Cándido González y Miguel Saavedra

La inexperiencia, la topografía y la vegetación nos jugaron una mala pasada y al caer la tarde fuimos sorprendidos y obligados a tan desigual combate que no quedó más alternativa que la retirada hacia el cañaveral, sin formación, ni visibilidad, ni posibilidades de percibir las órdenes y con la consecuencia inevitable de la más completa dispersión.

Según mis impresiones la primera sangre vertida durante aquel “bautismo de fuego” fue la del Che; quien desde el suelo de la guardarraya donde combatíamos, me comunicó su situación con su serenidad característica. Observé que una gran mancha roja brotando desde la base del cuello le invadía el pecho, donde me dijo sentir fuerte dolor. Sin atinar a otra cosa, y pensando lo peor, lo insté a la retirada, pero sin obtener respuesta, simultá-neamente concurrían otros compañeros heridos como Emilio Albentosa, José Ponce y Raulito Suárez.

Solo a este último, con su muñeca destrozada y sangrante, le pude prestar alguna ayuda efectiva. Con la engañosa ilusión de protegernos, nos habíamos adentrado en el cañaveral, y cuando intenté volver en busca de mi mochila y mi fusil que incautamente había dejado atrás, cerca del Che, una columna de humo y llamas comenzaba a extenderse en nuestra dirección.

Encontrándome solo y desarmado, tomé conciencia del desastre y emprendí una irregular carrera que, en zigzagueante retirada, me condujo al encuentro con Fidel y Universo Sánchez, quienes aguardaban tras un arbusto en el cañaveral.

Allí, en la penumbra del anochecer, cambiamos las primeras impresiones, tratando de calcular la magnitud de lo ocurrido, y dentro de lo duro y doloroso del momento, algo cualitativamente nuevo comenzó a desplazar dentro de mí a aquella momentánea y amarga sensación de derrota.

Cautelosamente nos fuimos desplazando hasta alcanzar la altura más cercana, donde esperamos por el nuevo día. Discutimos acerca de la ruta a seguir y nos adentramos con incertidumbre por un cañaveral ralo, donde ya en la alta mañana nos localizaron los aviones enemigos, sometiéndonos en pases sucesivos o una lluvia torrencial de metralla.

Al cese del bombardeo, y asombrados de nuestra suerte, al constatar que estábamos ilesos, cruzamos apresuradamente al próximo campo, donde nos sumergimos bajo la paja seca, seguros de que vendrían en busca de nuestros cadáveres.

Al término de aquella tensa tarde comenzamos o movernos de nuevo, pero las ráfagas y disparos en los alrededores evidenciaban la presencia de tropas enemigas, por lo que decidimos permanecer inmóviles y cubiertos por las hojas secas de la caña durante varios días. Para poder oírnos, acercábamos nuestras cabezas y transcurrían las horas en intensos susurros y sueños de futuro.

LA CONVICCIÓN DEL REENCUENTRO

Recordando la experiencia posterior al Moncada, Fidel había decidido que no lo sorprenderían durmiendo, ni lo capturarían con vida. Se acostaba con su fusil entre las piernas, con bala en el directo y apuntando a su garganta.

Creo que fueron cuatro interminables días los que permanecimos en el mismo sitio y me reprocho no haber contado más que con mi flaca memoria para recoger aquellas conversaciones, casi inaudibles, pero infatigables y contagiosas de Fidel.

Allí, en medio de aquel cerco mortal, nunca dio cabida a la idea de la derrota y ni siquiera a la necesidad de una tregua. De sus palabras emanaba siempre la convicción del reencuentro con los demás compañeros y ello bastaría para proseguir la lucha.

Si aquella confianza y aquella fe eran motivo de admirable asombro, no lo fue menos su capacidad de intuir el futuro y la exactitud con que se fueron cumpliendo sus previsiones.

Pero para mí aquellos días y los posteriores, hasta Purial, no solo me sirvieron para ver de cerca cómo se confirmaba y agigantaba aquella voluntad y decisión inquebrantable que comenzó a manifestarse desde el Moncada y la Historia me Absolverá, y que continuó sin desmayo en la prisión y la salida de esta y desde el exilio como una constante en ascenso que iba conformando y mostrando al conductor indiscutible capaz de atraer, despertar y polarizar de forma creciente a las fuerzas dispersas o desorientadas de jóvenes y trabajadores del pueblo, inquietos y ansiosos de luchar por algo nuevo para el país.

En lo personal esa etapa significó, además, una especie de crisol para el conocimiento más profundo del Jefe excepcional que teníamos en Fidel. Las circunstancias difíciles suelen ser propicias para la expresión de los sentimientos más íntimos.

Nos tocó el privilegio de oír a Fidel hablar del sentido de la vida y de la lucha y si pudiera resumir en una frase la esencia de su pensamiento diría que era la dedicación a trabajar y luchar por los demás, la consagración a la causa de los humildes y del pueblo. Creo que no hubo nombre más evocado para él que el de Martí, ni concepto más mencionado que el de la lucha ni más objetivo y razón de esperanza que el pueblo.

Especial efecto causaron en mi espíritu sus análisis sobre la vanidad, el orgullo y la gloria y por primera vez le oí mencionar y analizar ese pensamiento martiano de tanto significado que dice que “toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.

Sentí que cristalizaba definitivamente en mí una confianza inquebrantable que había comenzado a forjarse desde la clarinada gloriosa del Moncada y que ahora se sellaba ante la hermosa y sencilla majestad de la consagración y la grandeza.

Al parecer, las condiciones de quietud silenciosa impuestas por el acoso y el peligro, combinadas con el ayuno prolongado, produjeron en mi mente y en mi ánimo alternativas de excitación y adormecimiento, que tan pronto me aguzaban la imaginación y los sentidos, como me hacían vagar por las más subjetivas fantasías o me sumían en los más graves pensamientos. Ese era nuestro único oficio en el tiempo que quedaba libre entre el sueño y el candente y prodigioso susurro de Fidel cargado de esperanzas.

Entre muchas de aquellas imágenes brumosas y absurdas recuerdo con nitidez a un diminuto tomeguín que cada día, en horas tempranas de la tarde, llegaba saltando de hoja en hoja y se acercaba inquieto y cauteloso como anhelando alguna comunicación.

Se me antojaba que nos quería transmitir algún mensaje y entrábamos como en un diálogo imaginario y pueril. Acaso traía noticias de la suerte de los otros compañeros, o era el aviso de algún peligro inminente que se nos acercaba o el anuncio de un levantamiento general en todo el país, o el saludo de aquel pequeñuelo entrañable que en el muelle del puerto y desde los brazos de su mamá, me despidió meses atrás con tanta insistencia como si adivinara que podría ser el último adiós.

Al reiniciar de nuevo la marcha, avanzamos durante otros dos o tres días por los cañaverales, hasta que salimos a la loma conocida por Altos de la Conveniencia. Según indagaciones posteriores se ha podido establecer que era el amanecer del día 12.

Decidimos acampar en la ladera boscosa y después de percibir el canto de los gallos y el ladrido de los perros se fueron perfilando en el valle cercano los contornos de varios bohíos campesinos.

Durante todo el día observamos los movimientos, el quehacer y hasta las conversaciones de aquellos campesinos. Ya en la tardecita y por indicaciones de Fidel, bajé hasta la vivienda más próxima para pedir comida y me recibieron con solidaria alarma, instándome a que nos presentáramos al ejército para salvar la vida.

Muy cerca, en la misma dirección por donde habíamos cruzado esa madrugada, había un puesto con decenas de soldados para “recepcionar” a los expedicionarios desperdigados. Adicionalmente me mostraron hojas volantes tiradas desde las avionetas donde se relacionaban numerosos nombres de compañeros supuestamente caídos en combate, otros hechos prisioneros y otros presentados.

Los nombres eran reales y se nos ofrecía el perdón a cambio de la entrega. Mientras aquella humilde familia se disponía a prepararnos comida, regresé hacia Fidel y Universo, quienes se habían acercado, llevando en mis manos algunas mazorcas de maíz asadas y en mi espíritu todo el peso de aquel atardecer triste y sombrío.

La hospitalidad de los Hidalgo Coello, aunque lógicamente temerosa, significó el primer contacto campesino, la primera información y el primer alimento sólido y caliente desde la debacle de Alegría de Pío, además de un par de alpargatas para los pies descalzos de Universo. También un joven guía nos encaminó varios kilómetros rumbo al este, hasta que ya solos en la madrugada optamos por acostarnos sobre el suelo mojado a la orilla de un monte alto.

Con la ilusión de paliar la llovizna, Universo improvisó un precario techo de ramas verdes. Pero cuando las hojas que nos cubrían se saturaron, la lluvia resultó más copiosa debajo de la frágil cobija que en la plena intemperie.

El nuevo día transcurrió con breves desplazamientos cerca del mismo sitio, atentos a todas las señales audibles de la vecindad y en espera del manto protector del anochecer para continuar.

Cuando reemprendimos la marcha bajando por una suave pendiente, tropezamos con una papaya madura colgando de su tallo. Aquel inesperado hallazgo resultó como un lujurioso manjar, exquisito hasta en sus semillas.

Ya no tardó en aparecer otra rústica vivienda campesina que vino a significar un salto cualitativo en nuestro peregrinaje. Habíamos llegado a la casa de los jóvenes hermanos Rubén y Walterio Tejada, que nos acogieron con el entusiasmo y la solicitud de quienes ya comprometidos formaban parte de una red organizada por el Movimiento.

A partir de aquel momento ya no nos faltaron guías, ni alimentos, ni el apoyo permanente de los campesinos. Por primera vez oímos mencionar el nombre de Guillermo García como factor aglutinante de los revolucionarios de la zona.

Aquella misma noche, contactamos en la marcha con varias familias y otras tantas comidas, hasta acampar en la vertiente alta y boscosa del arroyo Limoncito, en la finca de Marcial Areviches. Un potrero de yerba guinea junto al monte nos sirvió de lecho durante ese día de cielo despejado, violado solo por el vuelo mortificante de varias tlñosas que rondaban con reiteración y como confundidas o ilusionadas con aquellas figuras tendidas e inmóviles.

“A USTEDES MISMOS BUSCO”

Aún temprana la tarde comenzamos a percibir dentro del monte el movimiento de alguien que caminaba con un cubo en las manos. Fidel mandó a Universo a indagar, y al verlo, el campesino exclamó: “A ustedes mismos busco, aquí les traigo este arroz con gallina que les hizo mi mujer.” Se trataba de Adrián García, el padre de Guillermo, quien estableció con nosotros un diálogo interesante y alentador. Nos impresionó la sabiduría de aquel viejo campesino que decía ser analfabeto, manifestando que guardaba los escritos de Fidel Castro, que sus hijos le leían.

Fidel se le había presentado como Alejandro González, pero el viejo, antes de marcharse, refirió una sugestiva anécdota cargada de intención. Dijo que cuando cayó Maceo, un soldado español al verle las estrellas exclamó que se trataba de uno grande y mirando hacia la estrella que Fidel llevaba en la gorra, expresó: “yo diría que usted también es otro grande”. Fidel sencillamente le contestó que era miembro del Estado Mayor.

Pero la perspicacia del viejo Adrián se nos manifestó completamente cuando un rato después envió a uno de sus más jóvenes hijos con el aceite que le habíamos solicitado para los fusiles, quien llegó preguntando cuál de nosotros era Fidel Castro.

Ese día envié la siguiente nota a la dirección de una hermana en Cabaiguán: “Estoy bien, Alejandro también y estamos juntos, díganselo a los compañeros y familiares”. Pronto ese mensaje llegó a su destino dentro de una tarjeta de felicitaciones desde Niquero y causó en mi familia la conmoción de quien recibe noticias de un resucitado.

Al bajar al arroyo cercano nos aguardaba más comida y la sorpresa de un numeroso grupo de jóvenes campesinos de la vecindad, algunos de ellos queriendo incorporarse a nuestro fabuloso ejército de tres hombres con dos fusiles.

Pronto ya esa misma noche se produjo el encuentro con Guillermo García, en quien rápidamente percibimos su disposición favorable, su perspicacia campesina y sus posibilidades de información y amplias relaciones. Nuestro reto más inmediato era el cruce del cerco enemigo en la carretera de Pilón y a ese objetivo dedicó Guillermo sus primeros pasos.

Nos trasladó para un cañaveral en la finca de Pablo Pérez, donde permanecimos cerca de dos días esperando el levantamiento del cerco, del cual Guillermo mantenía noticias por los propios guardias. Mientras, tuvimos oportunidad de leer en algunos periódicos atrasados los detalles de nuestras propias muertes, aunque la satisfacción de constatar la falsedad de la noticia respecto a nosotros se vio ensombrecida por la dolorosa evidencia de que era cierta en el caso de numerosos compañeros.

Al fin decidimos proseguir en la noche del 15 de diciembre y partimos acompañados de Guillermo e Ignacio y Baurel Pérez, hijo y sobrino de Crescencio, respectivamente. En las inmediaciones de Sevilla Arriba nos acercamos a la carretera.

La noche era de clara luna y aguardamos un momento a que una nube se le interpusiera para trasponer, a través de una alcantarilla, la línea más peligrosa. Al parecer quedaban algunos remanentes del cerco, quienes probablemente celebraban el triunfo en un bar campestre, al compás de la música estridente de un traganíquel que oíamos próximo a nuestra ruta.

A partir de ahí caminamos ininterrumpidamente toda la noche a campo traviesa decenas de kilómetros por lomas y potreros, cruzando cercas y cañadas, esquivando caminos y bohíos. Quizás próxima la medianoche nos detuvimos brevemente a instancias de Ignacio, quien llegó a su casa cercana a recoger un viejo fusil que guardaba no se sabe desde cuándo, y aunque resultó inservible y sin parque lo incorporamos a nuestro arsenal durante toda la caminata, pues en la oscuridad impresionaba como otra arma verdadera.

La jornada fue la más segura, pero también la más prolongada, dura y fatigosa. Con frecuencia la llovizna fría se mezclaba con el sudor del esfuerzo y los pies bailaban dentro de las botas saturadas, mientras estas a su vez se deslizaban involuntariamente por las pendientes blandas de yerba y suelo fangoso.

Fue necesario comprometer toda la voluntad frente al cansancio para vencerlo. Así ganamos la cima de la Nigua, la mayor altura que enfrentábamos hasta entonces y, amaneciendo, bajamos al Purial de Vicana; allí acampamos en la mañana fría y húmeda del 16 de diciembre, en la finca de Mongo Pérez, hermano de Crescencio.

Habíamos llegado a un lugar llamado a constituir un hito trascendente para el curso ulterior de la lucha. Aunque sin abandonar nunca la cautela, empezamos a tener mayor seguridad y se hicieron más evidentes las potencialidades de colaboración de los campesinos, no solo por la abnegada atención y ayuda de los vecinos inmediatos, Mongo, Primitivo y Severo Pérez y sus familiares, sino porque también empezaron a aparecer en escena, además de Guillermo e Ignacio, ya virtualmente incorporados, los nombres de Crescencio, Fajardo, Acuña, Cordero y otros, quienes jugarían un destacado papel en lo adelante.

No tardaron en llegar noticias de la proximidad de otros expedicionarios, en primer lugar del grupo de Raúl, cuyo encuentro con el nuestro en la noche del 18 hizo exclamar al genio intuitivo de Fidel la frase famosa de: “Ahora sí ganamos la guerra”. La significación de aquel abrazo trascendía con mucho la importancia del mero número de hombres y de armas.

Raúl, que había acompañado a Fidel en el Moncada, en la prisión y en el Granma, ahora, después de Alegría de Pío había avanzado por una ruta increíblemente paralela y cercana a la de Fidel, siempre hacia la salida del sol, con el espíritu de lucha intacto; y aquellas dos voluntades se fundieron en una sola con el abrazo histórico de Cinco Palmas.

Pienso que desde aquel momento Raúl ya se proyectó sin proponérselo y sin que lo percibiéramos aún, por imperativos del coraje y del mérito como segundo al mando, como lo es hoy, junto a Fidel, para fortuna de nuestro pueblo y la Revolución.

Pronto se incorporaron también el Che, Camilo, Almeida, Ramiro y hasta cerca de 20 compañeros; se recuperaba una parte de las armas extraviadas, se realizaba un simulacro de combate.

Desde allí se estableció el nexo con el exterior, y se comenzó a sentir el aliento de Celia y de Frank, y a percibir el latido de toda la organización en el país. El 23 salí con la misión de tomarle el pulso a ese latido y tratar de acelerar su ritmo.

Pienso que la principal lección que emana de aquella experiencia singular tiene vigencia permanente. La razón y la justeza de la causa, la inclaudicable voluntad de lucha, la fe inconmovible en el pueblo, la consagración revolucionaria, la bandera mantenida en alto, aun en los momentos más difíciles: he ahí los ingredientes, la fuerza y el secreto de aquella estrategia victoriosa concebida y practicada por Fidel y sus seguidores, y que a partir de Cinco Palmas y desde la Sierra Maestra alumbraría y movería a todo el país.

El pensamiento martiano de que “un principio justo desde el fondo de una cueva puede más que un ejército” mostró su plena validez.

(Publicado en Juventud Rebelde el 18 de diciembre de 1988)

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